Dietario: The Jesus and Mary Chain – Psychocandy (1985)

 

Lo peor que le puede pasar a un grupo de pop es plasmar de forma perfecta su estilo ya en su primer disco. Lograr una obra perfecta, en la que realizan de forma exacta todo lo que querían ser. Psychocandy (1985), como Tindersticks (1993), Maxinquaye (1995), Original Pirate Material (2003), Boy in da Corner (2005), o XX (2009), es uno de estos discos. The Jesus and Mary Chain parecen tener en él muy claro lo que buscaban: un disco de perfecto pop primitivo, que suena bajo el fondo de una tormenta eléctrica de guitarras, como si las canciones de The Velvet Underground and Nico y los singles de los girl groups que sonaron en la radio en la primera mitad de los sesenta hubiesen colapsado en una sola estética.  (Psychocandy era un disco perfecto en otros sentidos, desde el nombre de la banda que debutaba a la fotografía de portada, que los unen de algún modo a través de la autoconciencia estética a Pet Shop Boys, cuyo primer disco apareció unos meses después, ya en 1986.)

Como Bobby Gillespie le explicaba a Paula Mejia en una conversación citada en el libro que la periodista ha dedicado a este disco, lo que la banda buscaba con el disco era trascender a través del pop, lograr entrar en las listas de éxito y alejarse definitivamente de la pobreza que había definido hasta entonces su vida en Escocia. En 1985 el pop todavía era para la clase trabajadora inglesa lo que el hip hop lleva décadas siendo para una parte de la población negra en los Estados Unidos: una vía para lograr estatus, para alcanzar un triunfo material que debe funcionar, por encima de todo, como un símbolo.

Todo ello nos lleva a pensar que en Escocia el punk, la rebelión contra el sistema, ha tomado como forma dominante el pop. La provocación contracultural y la autonomía creativa tienen su sentido último en el triunfo en el mercado. No sólo The Jesus and Mary Chain, sino otros grupos como Orange Juice y Primal Scream, o guionistas de cómic como Grant Morrison y Mark Millar, han buscado el triunfo a través del cuidadoso cultivo de la rebeldía bajo las formas de un pop perfecto, sujeto a la vibración cultural de su tiempo. Se distancia así esta cultura pop de la parte más insufrible del ethos punk, el moralismo en el que desembocaba su ingenuidad radical, para continuar de manera directa la autoconciencia lúdica que sirvió a David Bowie para definir un nuevo modelo de carrera profesional para el artista pop.

 

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