Tentempié: Western Culture’s End Talkin’ Blues

captura-de-pantalla-2016-10-14-a-las-20-53-17

 

¿Las oís? Son tan intensas que escapan de sus despachos y resuenan por las calles. Son las miradas de decepción que miles de críticos culturales e intelectuales lanzan primero al periódico o red social en que leyeron que el nuevo premio Nobel de literatura es Bob Dylan, después a la cosita que tenían escrita sobre Murakami, sobre Roth, y que daban ya, una u otra, por publicada en su medio habitual y que ahora deberá esperar en el cajón un año más. Si prestamos suficiente atención podemos oír también las largas zancadas de los pocos, los más avispados, que corren en busca de sus viejos discos de Dylan, para poder publicar este mismo fin de semana en algún suplemento cultural su valoración culta de esta vindicación de la canción popular, que ha sido —¿alguien lo dudaba?— su escuela sentimental y en este caso también política, trayendo de paso el recuerdo de algún cantante folk nacional para redondear su argumento.

Es natural que quienes viven de producir y gestionar socialmente una cierta idea de literatura (que no son, ni de lejos, todos los que viven de escribir libros y de editarlos), gentes que además la viven porque creen en ella (esto de la fe ardiente es un tema muy complejo, pues, como tantas veces olvidamos, abraza con igual fervor los más diversos objetos) vean en un acontecimiento como este un desgaste de la legitimidad y el mercado que a través de esa idea de literatura tratan de dominar. Pero estoy seguro que en un año en que el discurso público está dominado por el populismo de derechas, la manipulación política constante de los medios de comunicación y las políticas de identidad histéricas (hola Europa), cuando no por el simple y puro terror diario a lo que sucederá mañana, quienes quieren situarse en las puertas de la cultura para su defensa deberían haber tenido algo más sutil que leer en el acontecimiento.

No se trata de si el premio era merecido o no —¿acaso alguien piensa hoy que los premios son otra cosa que concedidos?—, sino de que la concesión y el evidente giro que supone en la tradición del premio (ni de lejos tan radical como algunos querrán ver) invitaban a una reflexión que, sin entrar en la celebración, innecesaria, fuese más matizada que algunas de las que hemos recibido. No es decir gran cosa que Dylan no es un poeta de altura porque nadie, salvo el poeta que se da por aludido y lo pone por escrito (y probablemente el propio Dylan…), cree, a secas, que sea un poeta. Como tampoco lo es decir que estamos ante la repetición del mismo gesto de siempre por parte del establishment cultural, la reafirmación del dominio patriarcal y racial blanco encarnados ahora en Dylan (ser de origen cultural judío, parece ser, no tiene ya un pase en las nuevas reglas del juego de las políticas de identidad. Tomen nota). Son lecturas que, no vamos a dudarlo, tienen su parte de verdad, incluso de verdad problemática que debe ser afrontada por todos, pero también ejemplos paradigmáticos de que para quien tiene un martillo en la mano o en la mente todos los problemas son clavos. (Y, claro, no hay valores más elevados ni más dignos de reconocimiento que los de aquellos dispuestos a amartillarlo todo.) Podemos, aunque no las compartamos, entenderlas, como podemos entender el disgusto de quienes viven de los ciclos comerciales que posibilitan los premios literarios, que con frecuencia tienen además con el Nobel la ocasión de apilar en sus expositores, aunque sólo sea una vez al año, los libros de un escritor por el que sienten genuino aprecio.

Más preocupante y menos justificada, posible sólo en quien vive el presente desde la más absoluta sordera cultural, es la posición de quien ve en este premio la cristalización cultural de las mismas condiciones que han hecho posible el ascenso de Donald Trump y su esperpéntica presencia en la carrera a la presidencia de los Estados Unidos. Quien esto escribe ignora —además de todo sobre Bob Dylan— que la academia sueca (esa entidad…) gusta de encriptar (o no: véase lo sucedido el año pasado) sutiles mensajes políticos en sus elecciones “literarias”. La escueta declaración que justifica el premio por “having created new poetic expressions within the great American song tradition” permite, sin necesidad de ser Greil Marcus, leer en ella mucho más. Como que esa tradición de la canción americana se fundamentó en el folklore venido en un primer momento de Inglaterra, pero alimentado después, generación tras generación, por centenares de tradiciones diferentes, uniéndose en ella como se estaba uniendo en el territorio americano razas, nacionalidades y culturas diversas. No olvido que este llenado de un territorio en blanco fue sólo después del borrado cultural y de hecho de los pobladores previos de América a través de un genocidio, ni que sobre esa realidad multicultural siempre tuvo hegemonía un modelo racial y cultural que quiso dominar en exclusiva la identidad de la nación. Y eso es, creo, precisamente aquello que se quiere recordar a todos, pero sobre todo a los Estados Unidos, con este premio: que su cultura fue hecha por la constante mezcla de culturas, frase que sería completamente vacía si no recordamos que la cultura sólo existe en quienes la portan, en las personas que se desplazan, que dialogan, que se enseñan, a lo largo de todo el planeta. Más aún, al elegir precisamente a Dylan para este Nobel, la academia sueca quiere recordar al país que representa lo que era apenas hace unas décadas, para hacerle ver lo que es hoy y temer lo que puede ser mañana.

Volver a pensar hoy qué define la obra de Bob Dylan, no sólo como escritor, sino también como intérprete, nos debería empujar a traer de nuevo a nuestras reflexiones, a nuestros textos, aquello que hace ya casi medio siglo dijo quien mejor ha escrito nunca sobre rock, Ellen Willis, quien en un artículo fundamental sobre Dylan situó los juegos con la identidad en el centro mismo de su trabajo. (Años después fue Todd Haynes quien de manera menos sutil nos recordó que Bob Dylan es muchos.) Nunca debemos perder de vista que pocos han hecho de manera tan evidente de la plasticidad de la identidad la clave de su arte. Desde la reapropiación de la tradición folk, modificada para su uso en el presente, hasta las transformaciones sucesivas que desde que cambió su guitarra acústica por una eléctrica le llevaron a reinventarse rechazándose ante sus seguidores una vez tras otra, Dylan nos ha recordado que la pureza de una identidad es en la práctica imposible. Más aún, que no es forma de vivir. Contra quienes día tras día todavía hoy tratan de hacernos vivir bajo sus purezas imaginarias, debemos saludar no el premio que le conceden a Dylan, sino la obra que nos ha ofrecido para pensarla.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s