Dietario: “The Duke of Burgundy” (Peter Strickland, 2016)

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Un mundo sin hombres. Una pareja de mujeres que mantiene una relación sadomasoquista en la que los papeles de dominada y dominante están perfectamente delimitados. O no, porque es la dominada quien imagina el guión, escoge la vestimenta y mide los tiempos de todas las humillaciones que desea, que gusta sufrir. Una relación asimétrica que nos desvela, poco a poco, con sutilidad perfectamente medida, cómo agota a quien debe dominar. Fuera de esas complejas pero repetitivas puestas en escenas del deseo y de la intimidad que las rodea sólo tenemos acceso a la pasión con la que ambas mujeres se dedican al estudio y el coleccionismo de polillas y gusanos, compartida con las asistentes a la sociedad de conferencias dedicada a este tema que frecuentan. Todo ello escrito y rodado por Peter Strickland como si fuese una más —pero una de las mejores— películas eróticas de autor que se rodaron en los años sesenta y setenta por toda Europa. Toda la historia atrapada en un ejercicio de estilo de erotismo sutil y elípsis perversas, acompañada por una banda sonora de susurros y detalles de pop barroco.

Nada puede parecer más lejos de nuestra realidad, pero nada resulta más cercano una vez filtrado por Peter Strickland. El extrañamiento nos sirve para obligarnos a mirar a todo lo instalado en nuestras vidas que consideramos norma sexual o cultural, desvelando la arbitrariedad con la que construimos y asumimos esas categorías. Penetrada esa falsa normalidad, Strickland trata de captar la compleja gramática de la afectividad y el deseo, pero también del tedio y el pequeño sufrimiento con los que conviven, que rige bajo nuestras relaciones.

Toda la mediación formal, el reducido mundo que sólo funciona en la fábula, es para Strickland una forma de poner en escena las complejas tensiones que surgen en el deseo cuando este debe instalarse en la cotidianidad. Cuando el deseo y la imaginación que quieren retocar, organizar, dirigir a su objeto, a una amada que nunca lo es más que cuando la plegamos a esas pequeñas necesidades, deben reconocer los límites del contacto humano, surgiendo entonces las tensiones dentro de una pareja. Roces que surgen cuando, transgrediendo el seductor papel que una amante ha construido para la otra, esta decide  vestirse para dormir con un pijama elegido sólo por su comodidad, para unas horas de sueño durante las que ronca intensamente, provocando también entonces la irritación ocasional de su amada. Comienzan así las pequeñas transgresiones en la vida cotidiana de la pareja, en las que se empieza a ignorar lo que la otra necesita, sea a causa de un dolor de espalda, de no satisfacer el deseo de ir juntas a comer un helado, de no cumplir adecuadamente con el deseo de ser atada y encerrada durante la noche en un arcón o, de manera altamente simbólica, ignorando la palabra de seguridad que debe poner fin al placer sadomasoquista compartido. Y cuando se acaban las pequeñas generosidades, los afectos sin meta inmediata de la convivencia, surge la sensación de abandono. Y el abandono deviene carencia, que debilita a una de las amantes hasta permitirla justificarse ante sí la infidelidad, definida no tanto por un contacto sexual como por la transgresión de ciertos límites que llevan a alcanzar la intimidad con otra persona ajena a la pareja. A continuación, sólo queda a las amantes volver a empezar, pues no parece existir otra definición del amor que estar dispuesto siempre, pase lo que pase, a volver a empezar.

Esas amantes, sadomasoquistas y absorbidas por el estudio de los lepidópteros, somos todos nosotros. Y Peter Strickland nos recuerda en The Duke of Burgundy, un cuidadoso plano tras otro, que el amor y el deseo, aunque se realicen en la materialidad de los cuerpos, suceden en primer lugar en la mente de una sola persona, con todo el peligro que esto conlleva. Todo ello para mostrarnos y hacernos pensar sobre el cuidado que supone reconocer los límites que el cuerpo, que duele, que envejece, y la otra mente, el otro deseo, imponen cuando en ese amor y en ese deseo se encuentran dos seres humanos.

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