So far, so good 2016: Beyoncé – Lemonade

lemonade

Observar a Beyoncé fuera de esos dioramas de control absoluto que son sus videos y sus conciertos produce siempre una notable incomodidad. Se hace visible entonces por momentos que no existe una adecuación total entre Beyoncé, la imagen de marca, y Beyoncé Knowles, la empresaria y directora artística de esa marca, como si su rostro se pixelase repentinamente, quedando congelado de manera grotesca un gesto previo sobre su sonrisa perfecta. Como si pese a su esfuerzo constante, esfuerzo de toda una vida, nunca lograse ser de manera exacta el icono pop que lleva décadas diseñando y aspirando a encarnar sin fisuras.

Todos sus discos constituyen una exploración en curso de las posibilidades de construcción de un icono pop en el actual mercado musical, elaborados como experimentos controlados en los que se mide la distancia entre su creatividad musical y ese público masivo que consume su producto. Beyoncé se sirve para ello de una paleta de recursos del lenguaje del pop en constante crecimiento, gracias a la exploración simultánea de recursos expresivos tanto del pasado como del presente. Cada disco es una nueva lección en cómo evitar que se cree la distancia entre su música y su público que cancelaría su estatuto de estrella del pop, al tiempo que amplia de manera constante su territorio creativo, tratando de ganarse no sólo a quiene la bailan, sino también a quienes escriben sobre ella. Ha sido sin duda en sus dos últimos discos, Beyoncé (2013) y el reciente Lemonade (2016), donde ha sometido esas relaciones a mayor tensión, donde ha dejado un espacio más amplio para asumir como propia la creatividad de los músicos con los que se rodea, al mismo tiempo que trataba de contravenir y excitar simultáneamente las expectativas de su público a través de elaboradas estrategias de lanzamiento.

Lemonade ha cumplido con esas esas expectativas al presentarse como la más elaborada colección de piezas de soul, pop y rock retocadas para uso de Beyoncé, pero no justifica en modo alguno, ni en lo personal ni en lo cultural, la mística en la que sigue cayendo la recepción de cada nuevo disco suyo. Sin duda, la perfecta construcción de la primera mitad del disco impacta, comenzando por “Pray You Catch Me”, una balada tradicional de voces, piano y cuerdas, todas ellas perfectamente moduladas para lograr un temblor de emoción que acaba resultando tan insustancial como canción como perfecto como entrada al disco. A partir de ahí las canciones son un éxito de diseño tras otro. Si en “Hold Up” mira al bubblegum pop de los años sesenta y toma una rara distancia del canon R&B que ha definido su trabajo, en “Don’t Hurt Yourself”, ayudada por Jack White, adquiere una impostura rockista pitch perfect, en la que incluso se permite usar efectos para raspar su voz y no para aclararla, como suele ser habitual. Más próximas a su lenguaje habitual están “Sorry”, una brillante exploración en la electrónica pop que cifra todo su valor en la pirotécnia de la voz, y que deja constancia del camino recorrido desde sus primeros estribillos a golpe de sampler trompetero y la sutileza melódica de ésta, y “6 Inch”, la mejor canción para una película de James Bond que nunca fue, que se mueve en el terreno del R&B alternativo lógicamente acompañada por The Weekend, a quien se podría promocionar no sólo como un cantante, sino también como una atmósfera.

Pese a este arranque ejemplar, hacia la mitad del disco ciertos problemas se hacen  evidentes. Dos, en particular, uno relativamente nuevo y que afecta a todas las canciones, y otro antiguo, que sólo afecta a esta segunda mitad del disco, merman el placer de recorrerlo. El primer problema surge de la conciencia que la cantante tiene de que una parte del público atraído por la marca Beyoncé no sólo consume su producto pop, sino también el producto social asociado a él, su estatuto de celebrity, la narrativa construida alrededor de su persona a través de un juego de sombras sobre su vida privada, un mostrar y ocultar sabiamente ensayado. Trasladar esa narrativa al concepto global de un álbum convierte Lemonade, en el mejor de los casos, en una pieza artística en perfecta sintonía con su tiempo, puro tabloide musicado, o, en el peor de ellos, en una estrategia publicitaria que no suma a su efecto artístico pero probablemente algo resta.

El segundo problema viene minando el impacto estético de los discos de Beyoncé desde el comienzo de su carrera: su querencia por las baladas desgarradas perfectamente orquestadas, diseñadas como showstopers durante los cuales su público la contemplará entre lágrimas, mientras ella les canta como si lo hiciera individualmente para cada uno de ellos, empatizando con cada amor que ha dolido, desde lo alto del escenario. Esa rara alquimia entre lo sonoro y lo afectivo es posible lograrla, sin duda, y ahí está de hecho toda la tradición soul sobre la que Beyoncé se sostiene, pero en Lemonade resulta ser lo más débil del conjunto. Una canción como “Love Drought” acaba, pese a pespuntes electrónicos e inflexiones vocales, por no alcanzar ese estatuto ni en lo musical ni en lo interpretativo, mientras que “Sandcastles” aparece como paradigma de ese baladón desgarrado en el que las voces son acompañadas sólo por un piano y por los bostezos de quien la escucha. Ambas superan a “Daddy Lessons”, heritage de cartón piedra bajo la forma de banda de jazz, que plantea la evidente paradoja de que cuanto más natural trata Beyoncé de mostrarse más inadecuado es el resultado, y a “Forward”, momento en el que Lemonade se convierte inopinadamente en un mixtape al incluir una canción de James Blake, apenas acariciada en sus últimas frases por la voz de Beyoncé.

El disco recupera el pulso con sus tres últimas canciones, gracias al funk rock de “Freedom”, en la que se vale de Kendrick Lamar en su estatuto de significante político por su mera presencia, los aires jamaicanos de “All Night”, cuyas inflexiones vocales y delicados arreglos de vientos se trenzan en un estribillo delicioso, y lo que fuera polémico single de adelanto del disco, “Formation”, que conserva su carácter de canción efectiva en sus propios términos, por lo demás no demasiado ambiciosos, pero que es inevitable experimentar como un mero añadido al disco, que acaba por robarle el golpe de efecto de un cierre concluyente, redondo. Lemonade resulta finalmente desequilibrado a dos niveles, en su creatividad musical y en la experiencia de placer que ofrece a sus oyentes, a causa de estos problemas de estructura, tema y tono musical, en particular en su segunda mitad. Pero en ocasiones —y esta es, sin duda, una de ellas—, la propia ambición del intento es capaz de mantener nuestra atención canción a canción. Y canción a canción Lemonade acaba por convertirse en el mejor disco pop que hasta hoy ha producido la marca Beyoncé.

 

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