Dietario: “Z is for Zachariah” (Craig Zobel, 2015)

ZisforZachariah

Z is for Zachariah es una bienvenida adición al hoy un tanto superpoblado canon de las ficciones postapocalípticas, en este caso abordado desde el tono menor de esa ciencia ficción que se acerca al cine independiente americano clásico y que se ve antes en Sundance que en ninguna otra pantalla. 

Película de cámara, por la escala reducida de su trama y por el alcance, corto, de sus reflexiones, prefiere centrarse en las emociones humanas, de los celos al deseo, del miedo al orgullo, de aquellos que deben vivir tras un fin de la civilización que no ha supuesto el fin de lo que, a ojos de Craig Zobel y Nissar Modi, su director y guionista, nos hace humanos. Esto supone un cambio de tono, textura y ritmo en la ficción postapocalíptica, cuyos signos visuales más habituales son dejados de lado en favor de una lujuriante naturaleza y la calma de la vida cotidiana reconstruida. Porque Z is for Zachariah se centra, a diferencia de los espectáculos de la destrucción que hoy parecen obligados en toda película de ciencia ficción, en el trabajoso proceso de reconstrucción.

Por momentos, sin embargo, los creadores de la película parecen carecer de la determinación para llevar adelante un relato en el que cada elemento se encuentra sobredeterminado en tal grado que contribuye, bajo el minimalismo estructural y formal, a provocar una extraña sensación de desorden. Así nos encontramos con que las dos personas que inician la reconstrucción, Ann (Margot Robbie), una mujer blanca muy joven crecida en la Norteamérica rural, y John Loomis (Chiwetel Ejiofor), un hombre negro de mediana edad, científico a sueldo del gobierno, pronto adquieren la dimensión simbólica, de la que ellos mismos parecen por momentos conscientes, de ser unos nuevos Adán y Eva, sugiriendo que la reconstrucción del mundo será hecha a imagen y semejanza de esta nueva primera mujer y su compañero. El relato comienza además como una excelente una pieza de cámara sobre las relaciones humanas, sobre el encuentro entre dos personas y los avances, trabas y retrocesos que surgen en la construcción de la convivencia, en el surgimiento del deseo, en la planificación de un futuro conjunto.

La aparición de Caleb (Chris Pine), un joven minero que comparte con Ann una gran parte de su cultura y experiencia vital, desvía momentáneamente la atención de la dimensión religiosa, o tal vez simplemente trascendente, del relato para hacer aún más explícito otro elemento clave en las relaciones desde el comienzo de la película: el del cálculo en la competencia con otros seres humanos para sobrevivir o para lograr lo que deseamos. Es en esta exploración atenta al detalle de lo que hay que hacer para amar, para convivir, para sobrevivir entre seres humanos donde se encuentra lo más valioso de la película. Por desgracia esta exploración pronto se ve reducida al predecible triángulo sexual entre los personajes, construido de manera torpe a través de la tensión creciente entre Ann y los dos hombres, un Adán plural que adquiere entonces tonos de Caín y Abel.

La elíptica resolución del conflicto entre los tres protagonistas acaba por situarnos de nuevo en la disyuntiva inicial entre la necesidad de reconstrucción tecnológica y social del mundo y la posible dimensión religiosa, adánica, de ese proceso. La religiosidad explícita de Ann, contrastada con el enfoque racional, científico, de Loomis a largo de toda la película parece ocupar todo el ambivalente final. La nueva situación creada por Loomis para ambos, en lo sentimental pero también respecto a sus posibilidades de supervivencia, parece asumir la necesidad de conservar la devoción religiosa que Ann expresa a lo largo de la película tocando el armonio, en la iglesia de su padre primero, en el garaje de su casa en la escena final. Un final al que le falta transparencia, que parece incapaz de organizar de manera satisfactoria una conclusión que aune el tono religioso, el relato de supervivencia y el drama sentimental. Un final elíptico y abierto, que más que ofrecer un espacio a la reflexión nos deja con una clara sensación de insuficiencia en todo el relato que lo precede, incapaz de darnos elementos de suficiente peso intelectual para continuar la reflexión una vez que la última imagen desaparece.

Se agradece que el tono religioso no caiga en el puro pamfleto, más o menos reaccionario, de otras películas de ciencia ficción contemporáneas marcadamente religiosas, como The Island (Michael Bay, 2005), I Am Legend (Francis Lawrence, 2007) o The Book of Eli (Albert y Allen Hughes, 2010), así como que contribuya a evitar el puro pesimismo antropológico de películas como The Road (John Hillcoat, 2009). Pero la riqueza de la reflexión inicial sobre la complejidad de la experiencia humana, explorada a través del laboratorio humano de ese triángulo, pronto se pierde bajo la distracción de las capas de significado que acumula —de las marcas raciales a las sociales, pues se trata de un intelectual técnico, una granjera y un trabajador manual—. Y si podemos acusarla de no alcanzar demasiado es cierto que también debemos insistir que lo que logra lo hace sin unas pretensiones que minen el esfuerzo desde un primer momento.

El tono de toda la película, elíptico, contemplativo, trata de evitar precisamente la construcción de un relato en exceso discursivo, que insista demasiado en hacer llegar su mensaje. La tensión que late bajo la calma estética, la plasticidad de las imágenes, la intensidad interpretativa y, sobre todo, la perfecta adecuación entre los recursos estéticos y la escala del relato hacen de Z is for Zachariah un relato que se disfruta pensándolo y que invita, una vez concluido, al reposo y la ocasional nueva visita a sus imágenes.

 

 

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