Bad Disney

BadDisney

El proceso de apropiación del imaginario de una generación que hoy abandona la treintena, a golpe de compra de franquicias —ya sea, como Star Wars, de manera individual, o, como en el caso de Pixar y Marvel, en paquete—, por parte de The Walt Disney Company puede hacernos pensar que Disney es la más pura encarnación del mal en la industria cultural. Por su parte Disney, siempre tan necesitado de malos, parece tener claro que el mal somos nosotros, (casi) todos los demás.

Cualquiera que haya abandonado la infancia y pasado la adolescencia con escaso interés por el debate sobre si los dibujos animados son o no exclusivamente para niños, por considerarlos  una forma más de la expresividad en la cultura visual contemporánea, ha ido sin duda cambiando las preguntas que se hacía frente a ellos, modificando los caminos con que el pensamiento recorre sus imágenes. Y antes o después se ha parado a pensar por qué Disney tiene esa imperiosa necesidad del mal y de su castigo violento en último término.

La respuesta a esa pregunta, para bien o para mal, es indiferente desde hace mucho tiempo, porque el modelo de Disney, hecho de buenos buenísimos (y blancos) y malos malísimos (y diferentes), caducó hace mucho tiempo. Empezando por aquellos que en los años ochenta abandonaron la empresa, como Don Bluth y Tim Burton, pasando por esa maravilla que supuso para la animación japonesa el giro simultáneamente infantil y adulto del Hayao Miyazaki maduro, sólo equiparable al trabajo sostenido de Pixar por llevar la animación técnica y emocionalmente un paso más allá, hasta llegar a otros intentos de ganarse un público adulto para la animación, con éxito intermitente, como es el caso de Dreamworks, lo mejor de la animación contemporánea ha hecho las películas de Disney progresivamente innecesarias. Esto no quiere decir, claro, que hayan dejado de producirlas y menos aún que hayan dejado de vender princesas para las pequeñas princesas y héroes para los pequeños héroes.

Ante esta nueva situación Disney ha tratado de modernizar su animación, no sólo haciendo uso del potencial técnico de la estética y la tecnología digitales desarrolladas por Pixar, sino buscando también otros relatos y otras ideas que llevar a la pantalla para tratar de producir una animación más compleja, más atractiva para un público adulto (lo que hoy entendemos por un público adulto: quienes vamos al cine a ver Captain America: Civil War con la sincera esperanza de que sea de lo mejor de la temporada). Ante esta nueva fase de pátina de espectáculo digital, acción endiablada y cool adolescente reembalado para adultos que se niegan a abandonar aquella edad, merece la pena volver a pensar en los antagonistas de las películas de Disney.

Dos de sus última películas de animación digital, Big Hero 6 (Don Hall y Chris Williams, 2014) y Zootopia (Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush, 2016), muestran una interesante puesta al día de los valores que rigen el premio y el castigo en sus película. Big Hero 6 nos presenta las aventuras de un grupo de jóvenes científicos que, como es frecuente en la ficción pop contemporánea, devienen superhéroes en su afán de salvar al mundo de sí mismo, en este caso por la vía tecnológica. Lo fascinante es observar como, una vez que se resuelve el misterio sobre la identidad del antagonista al que deben enfrentarse, y contra las pistas que la película ha ido dando, el malvado resulta ser un amargado profesor universitario que parecía apoyar los descubrimientos de sus estudiantes por puro interés científico, cuando en realidad lo hacía dispuesto a robarles sus resultados y movido por un afán de venganza. Frente a él, quien era objeto de todas nuestras sospechas, el dueño de una gran empresa de tecnología, queda al final como quien tiene un interés sincero por el desarrollo tecnológico y la mejora del mundo a través de él.

Aún más perturbadora resulta Zootopia, a causa del tono de fábula cívica que, desde su título, tiene. Como en Big Hero 6, cuando se desvela quién es la mente que se oculta tras las acciones que están poniendo en peligro la convivencia entre depredadores y herbívoros, resulta ser quien parecía no sólo inofensivo, sino entrañable. De nuevo Disney subvierte las expectativas del espectador de forma engañosa para, de manera muy clara, alertar frente a los lobos con piel de cordero, que en este caso busca poner fin a la amenaza que supone para los más débiles la desigualdad ante quien, llegado el caso, podría devorarlos. La metáfora política es transparente, remitiendo al modo en que en los recientes movimientos sociales en los Estados Unidos se ha construido un discurso que enfrenta al 99% de los más débiles económicamente al 1% de los que dominan el dinero y con él el poder.

No nos engañemos. No sólo la superficie de las películas de animación de Disney se ha modernizado, con sus impactantes efectos digitales y su diseño de producción que, en ambos casos, empuja un paso más allá la imaginación de escenarios urbanos para la ciencia ficción. También el maniqueísmo de fondo se ha puesto al día. Frente a la condena de la diferencia o la ambición que justificaba el castigo de aquellos malvados, ahora encontramos la defensa de las corporaciones como el espacio idóneo para el desarrollo de la cultura contemporánea y la necesidad de mantener el orden social para que los débiles no abusen de los fuertes que dominan sobre ellos. Disney, en la moral social de sus películas, también se ha modernizado, y ahora los malos somos aquellos que creemos que se deben combatir las desigualdades sociales estructurales o que el motor de la cultura, la tecnología y el conocimiento no debe ser el monopolio de la empresa privada. No se trata ya del bien o del mal, sino de ofrecer coloristas defensas de la posición de poder en el mundo de The Walt Disney Company.

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2 thoughts on “Bad Disney

  1. Había perdido de vista el Feuilleton. Me alegro de que vuelvas a escribir a buen ritmo. De las últimas seis o siete entradas, está es la que prefiero, tanto por lo que dice como por la forma de organizar las ideas. ¡Sigue dándole!

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    1. Con mayor lentitud de la que deseo (y probablemente necesito), pero va avanzando. Me alegro que alguno te guste. Me encantaría escribir más cosas así de sintéticas, pero nos siempre puedo abandonar la visión de túnel con que suelo escribir.

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