Dietario: No fue la noche, son los dias que la siguen (Sobre “The Night Of”)

TheNightOf

En la acelerada economía de la cultura pop hace tiempo que la misma fórmula rara vez funciona dos veces seguidas. Pese a ello y como ya hiciera en la primera temporada de True Detective (Cary Fukunaga y Nic Pizzolatto, 2014), HBO ha reunido de nuevo en The Night Of (2016) a un novelista de serie negra, Richard Price, con un director propenso al estilismo, Steven Zaillian, para retomar un relato de Peter Moffat llevado a la pantalla por la BBC en 2008 bajo el título de Criminal Justice. Un nuevo intento de alcanzar la excelencia en ese serial middle-brow que ha definido, en sus mejores momentos, el trabajo como productora de esta cadena de televisión.

Frente a la química automática que Fukunaga y Pizzolatto lograron en su serie, The Night Of casi es hundida por su director y guionista en sus dos primeros episodios. Un estilo cinematográfico intrusivo, que gusta rodar los diálogos más comunes con estilizados ángulos e iluminaciones, y, sobre todo, esa fascinación por el detalle de los procedimientos policiales y jurídicos en la que a veces los escritores de serie negra caen, dando mayor espacio ante el espectador a su capacidad para documentarse que a su relato, y que en el caso de The Night Of relentizaba el avance de la trama hasta lo insoportable, haciendo muy difícil al espectador interesarse por la serie. Pero una vez que, en su tercer episodio, casi todas las piezas fundamentales estaban frente a nosotros y que pudimos disfrutar de un episodio, el cuarto, con una dirección más funcional, a cargo de James Marsh, la serie se estabiliza en un ritmo lento, pero no glaciar, que permite al espectador comenzar a jugar en su mente con los elementos narrativos.

Lo curioso es que en ese momento el espectador pierde todo interés por la premisa inicial de la serie, conocer la inocencia o culpabilidad del joven interpretado por Riz Ahmed y por tanto quién es el responsable del crimen —el asesinato de una mujer joven— que ha descarrilado su vida. Las reacciones iniciales de su personaje, Naz, en los momentos inmediatamente posteriores al crimen resultaban en todo momento ridículas y la serie no hacía nada en los episodios siguientes por desmentir esa sensación de que Naz, pese a su supuesta brillantez académica, es incapaz de toda reacción inteligente a los acontecimientos que lo rodean.

Sucede entonces el pequeño prodigio de la serie que, incapaz de interesarnos en su protagonista, es capaz de atrapar nuestro interés respecto a las pequeñas preocupaciones de los restantes personajes, ya sea saber qué va a pasar con el taxi del padre del protagonista, con la enfermedad cutánea del abogado que quiere defenderlo o con el gato de la víctima del asesinato del que se le acusa. La escritura, atenta al detalle significativo en las pequeñas tragedias vitales de todos sus personajes, es sin duda la responsable, pero más que nada lo son las interpretaciones, de un humanismo extremo, de los tres personajes que rodean al protagonista en su paso por el sistema judicial y penitenciario: el policía cuyo trabajo puede tanto condenarlo como ponerlo en libertad, una interpretación de un naturalismo perfecto de Bill Camp, el abogado cuyos motivos nunca resultan claros, interpretado por John Turturro, y el criminal convertido en señor de la cárcel, que toma el cuerpo de Michael K. Williams. Personajes todos ellos en los que sus motivaciones y métodos son tan constante como sutilmente modificados por su misma humanidad.

Atrapados por ellos y por el detalle con que se nos muestran los distintos medios en los que, de manera a veces muy compleja, deben hacer funcionar sus vidas, asistimos fascinados con agotador detalle el trabajo de jueces, abogados, policías, carceleros, mientras observamos el sistema criminal como un espacio de lenta elaboración de la inocencia o la culpabilidad del acusado, en un proceso en el que el crimen en sí mismo pierde todo glamour o misterio. El resultado para el espectador paciente es ver cómo la serie se da la vuelta a sí misma ante sus ojos, haciendo que lo que en sus primeros episodios no funcionaba acabe resultando fascinante desde el momento en que asume la sustitución del whodunit por el howsdun.

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