Dietario: “The Lobster” (Yorgos Lanthimos, 2015)

LocoLangostaMosca

 

Llego tarde y llevado de la mano a The Lobster (2015), escrita por Efthymis Filippo y por su director, Yorgos Lanthimos, del que no tenía referencia previa alguna. Puede que el fondo de esta exploración y condena del modo en que la sociedad confiere un estatuto de prestigio a las relaciones de pareja sea algo mezquino en sus argumentos, pese al valor de satirizar tanto a los que militan en la soltería como los que lo hacen del lado de la necesidad de la pareja.

Resulta mezquino en particular —pero también cómico, hay que añadir—  el modo en que se trata a los hijos como requisito, interno o externo a la dinámica de la pareja, como herramienta para el mantenimiento de esta a través de la magia social de la familia. Lo es aún más el modo en que se presenta el territorio simbólico de la pareja en la película, la ciudad, conectada al hogar a través de los espacios de consumo. Y es que el consumo, como ocio, como forma de producir a través del turismo recuerdos a la escala del amor compartido, como fundamento del refugio compartido en el hogar, es lo que acaba por definir el funcionamiento social de la pareja en el relato. La pareja no es sólo un estatus, sino también una perfecta unidad de consumo.

Sin embargo, más allá de la simplicidad o el acierto de ese enfoque, es en la absoluta seriedad formal con la que trata el tema, pese a la ridícula premisa sobre la que todo el relato se construye —digámoslo: quien no es capaz de encontrar pareja en un tiempo establecido será convertido en un animal de su elección—, donde logra, además de una hilaridad tensa pero sostenida, que el relato funcione como reflexión. Resulta inevitable recordar ante la experiencia visual y la construcción rítmica de The Lobster aquel sketch de The Monty Phyton Flying Circus titulado “French Subtitled Film”, en que se ridiculizaban recursos formales del cine de autor, como la extrañeza permanente en los diálogos —algo que también ha incorporado a su libro de estilo Wes Anderson, que busca efectos de textura similares a los de Lanthimos— o el casi inaprensible valor simbólico de imágenes. En The Lobster, además de estos, también tienen presencia otros tropos convencionales del cine de arte, como el estatismo y la duración de los planos, la tensión constante en la partitura que acompaña a imágenes en las que nada parece suceder en el exterior, o la voz en off, tan godardiana, que da una dimensión más de transcendencia y autoimportancia, como narración al cuadrado, a la intrascendencia de lo que se cuenta. Lo que en Monty Phyton era sátira parece tener aquí, aunque quien sabe si sólo en mi ojo como espectador, un tono irónico con las convenciones del género a las que no se quiere renuncia por la belleza formal que logran. Belleza en la construcción de esos espacios simbólicos y en el modo en que capta en ellos las tersas interpretaciones de sus actores, en unos personajes que, en el fondo, son más caricaturescos que simbólicos cuando llegan, de hecho, a ser algo.

Gracias a esa distancia irónica The Lobster resulta mucho más lograda que otra película bella —aunque poco más en ese caso— con la que comparte objeto de reflexión: Her (2013) de Spike Jonze. Si en aquella el problema en el centro de la imposibilidad de las relaciones de pareja era el narcisismo —como vio bien un sketch de Saturday Night Live poco después de estrenada la película—, entendido como una forma extrema de amor propio y de obsesión con la idea propia del amor, aquí la dificultad para su desarrollo resulta en gran medida de las expectativas que la sociedad pone en ellas, en su consecución, pero también en lo que debe definir la idoneidad de una pareja. The Lobster logra así desnaturalizar esas expectativas que se nos vuelven invisibles una vez las asumimos, apuntando con cierta vaguedad a ese requisito de felicidad inalcanzable que otros han denunciado antes. (Pienso en Chuck Klosterman en su ensayo “This is Emo”, donde culpaba a las comedias románticas que plagaron los años noventa de las altas expectativas afectivas de su generación.)

Pero creo que lo más interesante de la película, pese a lo aterradora que resulta esa presión externa, dentro del absurdo que define la premisa fundamental del relato y que convierte la película en una de las más extrañas muestras de ciencia ficción distópica, está en lo que el individuo está dispuesto  a hacer irreflexivamente para cumplir con esas demandas que lo son impuestas desde fuera. Todo ello basado en esa mecánica tosca pero de innegable comicidad que establece el delicioso absurdo de que sólo logran durabilidad las parejas que encuentran y aman en el otro sus propios defectos compartidos. Desde fingir una inhumanidad que no lo define, con un desenlace trágico para su persona más querida, sólo por tener algo en común con una posible pareja, hasta la terrible pero no inesperada decisión que sugiere el final de la película, el protagonista de The Lobster nos muestra un mundo en el que el horror al que la sociedad lo sometería por no tener pareja no es menor que el que él mismo se infringe para conseguir una o para mantenerse al lado de la persona amada una vez, inesperadamente, la encuentra. Si el tono general de la película nos recuerda a Pierrot le Fou (1965), donde Jean-Luc Godard utilizaba la farsa con el mismo tono de absurdo con que Lanthimos usa la ciencia ficción para explorar las trampas de nuestra propia mente en la creación y desintegración de una relación de pareja, en el fondo The Lobster está más cercana a The Fly (1986), donde el director David Cronemberg y el guionista Charles Edward Pogue trazaban el retrato definitivo de un personaje en el que el amor por uno mismo y el amor por el otro, pese a su contradicción inherente, acababan por ser el mismo camino de destrucción en busca de la perfección. En la superficie, poco tiene que ver The Lobster con estas dos películas, pero en sus sugerencias y en su reflexión de fondo las tres se unen en mi mente, como exploración desde el cine de los horrores posibles de asumir la necesidad de la pareja, pero sobre todo de la autodestrucción creativa a que podemos lanzarnos para estar a la altura de una imagen de nuestra vida afectiva impuesta desde fuera e, inevitablemente, asumida y naturalizada como propia.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s