“Wimbledon Green” o una pequeña filosofía cínica del coleccionista

SethWimbledonGreen

Nadie pondría en duda que la nostalgia aparece como el elemento clave de la obra del narrador gráfico Seth. Esa pequeña sátira que es la nouvelle Wimbledon Green, surgida de uno de sus cuadernos de trabajo y publicada en 2005 por Drawn and Quarterly, participa sin duda de la exploración general de aquella, pero lo hace llevándonos poco a poco hacia una dimensión del comportamiento humano que poco tiene que ver con la amable tristeza o el recuerdo maravillado que solemos relacionar con la nostalgia.

En su primera obra extensa, It’s a Good Life If You Don’t Weaken (seriada entre 1992 y 1996 en su comic book Palookaville antes de ser recogida en un volumen), Seth relataba, todavía desde el tópico retórico de la autobiografía que dominó en Norteamérica el cómic de autor durante la década de los noventa, su búsqueda de un ilustrador ficticio que habría realizado su obra durante los años treinta y primeros cuarenta del siglo XX. Seth pronto afinó el alcance reflexivo de su trabajo, apuntando a que la nostalgia no es tanto una forma de relación específica con el pasado como con el propio paso del tiempo. Esa relación simultánea con el pasado y el paso del tiempo mismo la exploró en la saga familiar de una empresa de ventiladores en Clyde Fans, iniciada en 2003 y todavía en curso, y en la biografía ficticia de George Sprott (2009). El pasado dejaba de ser un lugar que se deseaba visitar para ser un espacio que, a veces fatalmente, se habitaba. En el proceso de reflexión sobre la nostalgia Seth llegó a definir su propio estilo gráfico como el punto exacto donde se planteaban estas cuestiones sobre el paso del tiempo. Un estilo que era acabó siendo una forma de diálogo con el pasado de la ilustración americana. Pero esta exploración de las diversas modulaciones de la nostalgia e incluso ese diálogo con el pasado gráfico, conviene apuntarlo, no son elementos distintivos de la obra de Seth, sino una marca común a un estilo colectivo de los narradores gráficos norteamericanos de las últimas décadas, comenzando por Robert Crumb y siguiendo por Daniel Clowes hasta llegar a Chris Ware. A todos ellos el prestigio de sus pseudoproustianos temas les ha ganado un respeto literario que ni necesitan ni merecen, no por carecer su obra de valor creativo, sino por moverse en un medio que nada tiene que ver con las formas literarias. Es interesante por ello que Seth logre una reflexión de tanto interés como la presentada en Wimbledon Green precisamente a través de la vida de un coleccionista de cómics, reivindicando para su medio el potencial de reflexionar sobre cuestiones que lo trascienden sin la necesidad de definirse por ello como literatura.

Seth presenta en el protagonista homónimo de este relato como alguien que se ha constituido emocionalmente en sus lecturas de cómics durante la infancia, una constelación afectiva que dominará su vida adulta como única verdad poseída por Green. La única forma de identidad satisfactoria que conoce es la que se realiza en su afán de coleccionar esos objetos que acumulan esa sensación de vida intensamente vivida que es en la distancia la infancia. Pero sin duda lo más interesante de la obra surge cuando esa identidad y su frágil base emocional se confronten con el mundo, destacándose el oscuro fondo de esa pulsión coleccionista. La aspiración a rehacer el pasado idílico a través de la obsesión por volver a poseer los objeto que lo poblaron nos puede despertar cierta simpatía, pero Seth pronto se ocupa de mostrarnos la violencia del choque dentro de la persona madura entre ese centro emocional infantil y un mundo adulto en el que domina la voluntad de triunfo social.

Surge entonces el absurdo de la competición entre iguales, que enfrenta a Wimbledon Green con todos aquellos que como él tratan de definirse por aquel conocimiento y aquellos objetos de niñez que poseen. El egoismo inherente del coleccionista, que se define frente a sus pares por su colección y su erudición, convierte la afición común en un arma para atacar a quienes ve como competidores. (Los freudianos que todavía puedan quedar dirían aquí que estos dañan el narcisismo de Wimbledon Green. Quede apuntado.) Lo que se comparte es finalmente un motivo de conflicto y no un lugar de encuentro.

Rememorando la lectura de Wimbledon Green me ha resultado inevitable recordar que este tema ha surgido en los últimos años en distintos lugares. Lo hizo, por ejemplo, aunque en un entramado dramático de mayor tensión, en la película de Christopher Nolan (escrita con su hermano Jonathan Nolan a partir de la novela de Christopher Priest) The Prestige (2006). Pero  probablemente mi iteración favorita de este tema sea ese sketch de la primera temporada de Portlandia (2011) —guionizada por Fred Armisen, Carrie Brownstein, Jonathan Krisel y Allison Silverman— en el que un grupo de amigos discuten alrededor de una mesa sobre lo que han leído en las últimas semanas. Poco a poco cada uno de ellos trata de superar al otro en el alcance de sus lecturas, hasta que la enumeración de lo que cada uno ha leído —que debe ser todo— acaba por cancelar la posibilidad de toda conversación. Lo que acaban confrontando es su posición en una relación binaria —haber o no leído—, nunca los discursos que ha podido construir cada uno de ellos a partir de lo que han leído. Como en The Prestige, el conflicto acaba con la destrucción improductiva de los implicados en esa lucha por ser lo mismo pero más que el otro.

Es difícil saber de dónde sale esta violencia latente en el hecho de compartir algo, que nos lleva a tratar de quedar por encima de aquellos que leen, escuchan o coleccionan las mismas cosas que nosotros. Pero es inevitable pensar que no sólo los coleccionistas como Wimbledon Green, los obsesionados por su trabajo como los protagonistas de The Prestige, o los hipsters como los  que trata de satirizar Portlandia marchan en esa guerra latente. Hay en todos ellos una preocupante raíz común que comparten con el erudito —transite este o no los pasillos de la academia—, que acaricia como posesión infantil el objeto de su tema —”es mío”—, que debe ser defendido en batalla constante para que su criterio prevalezca. Única verdad que le queda a quien ha dejado de buscarla. Quien nunca se liberará de la tensión de creer haber dado con ella, poseerla, y que nunca tendrá el placer de buscarla siempre en lo otros, sin fruto pero sin fatiga, a través de escritos, encuentros o conversaciones. El placer de liberarse de la tensión de saber, de tener y, en definitiva, de ser.

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