Be a (wo)man: “Mad Men” desde su último episodio

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Es fácil que el espectador regular de Mad Men se haya preguntado, al menos desde su segunda temporada, por la calidad y el valor finales de la serie como narrativa. Tras el impacto de los trece episodios iniciales, construido en gran medida sobre el misterio de la personalidad de Don Draper —o, más bien, de Dick Whitman—, que pareció constituirse como el centro del relato, esa segunda temporada nos mostró sin embargo una rápida acomodación en los principios de la soap opera. Comenzó entonces la constante recurrencia a los problemas de Don Draper frente al trabajo y las relaciones personales, alternando entre las fases de ajuste y desajuste del personaje con su entorno. Esta estructura básica proliferó también en las vidas de los restantes personajes, contribuyendo al anclaje de la serie en nuestro deseo de espectadores, generando la familiaridad que hace funcionar a toda buena soap opera.  (¿Cuántos sintieron el vació que Tony Soprano dejaba al salir de nuestras vidas tras ver el último episodio de The Sopranos?)

El precipitado de recursos de la soap opera quedaba estabilizado y listo para el consumo de espectadores exigentes (me permito recordarles que estamos en la edad de oro de la televisión, por si acaso no leyeron esta semana dos artículos insistiendo de nuevo en ello) agracias a un truco tomado del libro de estilo David Chase: la vida no tiene estructura. El propio Matthew Weiner ha dicho que sin The Sopranos Mad Men hubiera sido The West Wing, es decir, una arquitectura dramática tradicional al servicio de mensajes transparentes expuestos frente al espectador a través del diálogo, sin el espacio para la indeterminación que acabó por convertirse a lo largo de la serie en el verdadero lugar de producción de significado. Esa ausencia estructural de estructura ofrecía, como en The Sopranos, la posibilidad de construir episodios brillantes como unidad narrativa, relatos o piezas de cámara televisivas en las que demorarse poniendo en escena la psicología y el crecimiento de los personajes.

El último episodio de Mad Men probablemente azucara hasta el extremo esos ingredientes de soap opera, pero logra al mismo tiempo ofrecer una conclusión satisfactoria al conjunto de la serie como narrativa completa, más allá de esa tendencia al detalle que ha dominado su estructura. O al menos ofrece un lugar desde el que mirar atrás y rearticular nuestras lecturas de la serie con un nuevo sentido, sin duda una de las mejores estrategias para concluir una narrativa extensa.

El cierre de la serie ofrece sobre todo una conclusión emocionalmente satisfactoria para las vidas de casi todos los personajes. De hecho, ese parece en gran medida el objetivo de este episodio: reunir las fragmentarias vidas y emociones de cada personaje y anudarlas con un cierre narrativo que produce un happy ending colectivo (salvo el seco final del difícil personaje de Betty Draper). De lo que no estoy tan seguro es de que ofrezca un cierre dramáticamente satisfactorio, por estar demasiado poseído por la necesidad de decir, cuando el atractivo de la serie, al menos tal y como yo lo he experimentado, había estado en su compromiso con la sugerencia por encima de la enunciación. Transmite además una ligera sensación de ser un final modular, pensado para poder ser engarzado con la enésima crisis y toma de conciencia del vacío de Don Draper en el momento en que un hipotético abandono de la audiencia hubiera motivado la cancelación de la serie.

Desde este último capítulo sería fácil ver la serie como una epopeya de la masculinidad, de la lucha de un hombre que pese a la inestabilidad con que vive su propia identidad debe ser marido, padre y profesional sin quebrarse ni disolverse frente a las demandas de esos roles. Pero el foco de la serie es mucho más complejo y obviamente se trataría más bien de una epopeya de la identidad moderna, en la que el género es fundamental para entender los problemas a los que los personajes se enfrentan en su intento de lograr un centro emocional desde el que construir el éxito laboral, problemas que alcanzan por igual a hombres y mujeres. No cabe duda de que se puede argumentar que todo ello ha sido mucho peor gestionado en el caso de los personajes femeninos, con Peggy y Joan como claro ejemplo de la imagen algo difusa con que los mismos problemas que definen a Don persiguen a las mujeres: la identidad frente a la maternidad, su convivencia con las relaciones sexuales y sentimentales o las metas laborales.  El final del relato sobre ambos personajes, notablemente atropellado, muestra el escaso espacio que se ha dado a las mujeres para crecer en esta última temporada. Pese al tono irónico de soap opera o comedia romántica que tiene —carrera hasta los labios de la amada incluída—, dando el amor a la ambiciosa que lo había ido apartado de sí, el final del relato de Peggy resulta de una terrible precipitación; como el de Joan, que una vez más muestra que la potencial mujer objeto prefiere seguir su ambición laboral, marchándose de su lado como resultado un amante de cartón piedra que ha pululado por apenas tres episodios con la única función de reafirmar en este final la voluntad de triunfo de Joan.

En el caso de Don se dedica más tiempo a su exploración, a mostrar la frágil integración en el mundo de quien en definitiva es un hombre de otra época, como nos recuerda que el origen mismo de Don Draper está en la guerra de Corea. (En los siglos XX y XXI ser de otra época no es una condición distintiva, sino el resultado necesario de alcanzar la madurez en un mundo que a nuestros cuarenta años nada tiene que ver con el que comenzamos a vivir con veinte.) Un Don Draper sometido a los cambios en la condición de la mujer, pero sobre todo descolocado por los cambios en la economía de las emociones y la felicidad, encarnados desde los primeros episodios por las soluciones diversas que se le van ofreciendo, por las que se dejará tentar sin encontrar nunca respuestas: del psicoanálisis a la terapia colectiva, pasando por la potencial liberación contracultural de los beatnicks y el hippismo, e incluso por el surgimiento de un modo de vida californiano. Desde esa tensión constante de la búsqueda es fácil concluir que el mundo de la publicidad como ámbito del relato ha sido escogido por ser el espacio perfecto para dramatizar la búsqueda colectiva de felicidad y de modelos de la propia identidad en el consumo, aventura a la que nos lanzamos a mediados del pasado siglo, así como como para explorar el origen de la fisura interna, de la alienación identitaria que esa supuesta respuesta a nuestros problemas ha inscrito en casi todos nosotros. (Verso Books acaba de publicar un libro de William Davies que por su título, The Happiness Industry, promete ofrecer claves interesantes para futuras lecturas de la serie.)

En el centro de este último episodio se sitúa una conversación telefónica entre Peggy y Don, transparente respecto a los problemas de ambos personajes en ese momento, pero sobre todo respecto al sentido último de la búsqueda de Don Draper. Peggy pide a Don que vuelva a casa, pero para ella el hogar es el espacio laboral, contra un apartamento que es un puro espacio de soledad tras la marcha del niño vecino, mientras que Don vuelve una y otra vez a su fracaso como padre de familia, una cuestión a la que Peggy apenas ha vuelto a dedicar un pensamiento después de dar a su hijo en adopción. Don, que ha aparecido como emblema de una psicología de la masculinidad opaca, muy años cincuenta, concluye la conversación quebrándose en un ataque de angustia, que inicia las sucesivas catarsis que vivirá en este último episodio. La escena clave en la revelación de la verdadera fractura interna de Don se producirá en una terapia colectiva, en la que Don —que poco antes ha sido incapaz de conectar emocionalmente con una mujer mayor que él— empatiza hasta las lágrimas y el abrazo con un hombre singularmente gris que se abre durante esa sesión de terapia. Leonard, que así se presenta ante quienes lo escuchan, se siente ignorado afectivamente por su familia, al mismo tiempo que se considera incapaz de sentir una conexión emocional con ellos, lo que lo mantiene sumido en una anestésica infelicidad pese a tener todo lo que las imágenes colectivas de la felicidad demandaban de él: éxito laboral y una familia a la que proveer. La secuencia resulta perturbadora por el modo tan crudo en que trata de conectar el interior y el exterior de la serie, a sus personajes y a sus espectadores. Cuando Don se reconoce a sí mismo en ese abrazo como un hombre común, el personaje, pese a la distancia segura que lo separa de nosotros por los muchos triunfos que su atractivo físico y su inteligencia le han traído en lo personal y lo profesional, se identifica con un potencial espectador masculino de mediana edad y corta felicidad que comparte con Don ser un hombre dañado, un hombre común para el que lograr lo que se esperaba de él no ha sido suficiente.

Este momento de encuentro simbólico entre protagonista y público hace que la serie, vivida hasta entonces como una experiencia, una visita a espacios y acciones de significados indeterminados, cristalice en un significado transparente que si bien la cierra aclarando el personaje de Don Draper, también la abre a un posible rechazo por parte del espectador que queda fuera de ese abrazo simbólico. La serie se estabiliza en este final ya casi sin duda como una soap opera sobre el trabajo, la familia y la dificultad para desarrollar una identidad, tanto de género como individual, satisfactoria en ambos frentes, ofreciendo a sus espectadores un espejo psicológico que tinta toda la construcción narrativa que hemos vivido hasta ahora de una banalidad en la que se puede reconocer casi cualquiera. Adornado, eso sí, por una cuidada ambientación que resultaría ser tanto un ejercicio de estilo como una exploración de los límites menos escandalosos de lo visualizable hoy en la televisión y por tanto en la sociedad americanas. Pero tampoco hay que poner en escena una excesiva decepción ante ese cierre, que  deja a Don Draper en ese territorio de reflexión sobre lo cotidiano bien acompañado por Tony Soprano y Walter White. Dos personajes que nos son presentados como hombres americanos de clase media que en distintas circunstancias deben enfrentarse a una vida que no está a la altura de sus expectativas, atrapados en una red de necesidades definidas en última instancia no por sus propios impulsos —esta es una cuestión clave en los protagonistas de The Sopranos y Breaking Bad, la existencia de un impulso preedípico que las responsabilidades de la vida familiar nunca han conseguido acallar— sino por las necesidades que el trabajo y la familia, o el trabajo para la familia, les imponen. Don Draper, como Walter White —el único que a ojos de un psicólogo parecería capaz de vivir sin neurosis sus impulsos—, encontrará finalmente su centro emocional en el trabajo, no en la vida afectiva.

Es entonces cuando en este último episodio de Mad Men esa lógica de la búsqueda de una estabilidad emocional que pueda ser nombrada como felicidad se cruza definitivamente con el imaginario de la publicidad, en la escena que cierra el episodio y la serie. La felicidad de Don Draper, el encuentro a través de la meditación con su centro emocional, deviene una pieza clave de publicidad, vínculo de necesidad que nos permite reevaluar políticamente toda la serie, al volver a una línea de exploración que se apuntó en la primera temporada. Aquellos primeros episodios parecían explorar un momento en el que, tras las sucesivas crisis económicas y políticas de los años treinta y cuarenta, la sociedad de consumo comenzaba a estabilizarse, cartografiando el momento en que las cosas empezaron a ir mal, en el que la lógica del consumo como identidad se enraizó en la vida social de los Estados Unidos. El tan lógico como escalofriante resultado de esa reconfiguración de las relación entre el mundo material y el mundo psicológico es ese anuncio final, en el que Don Draper apela a los consumidores interpelándolos a través de sus distintas identidades, de género, nacionales o raciales, pero para reunirlos en una unidad armónica de consumidores de un único producto. Invitándonos Matthew Weiner a los espectadores de ese modo a repensar no sólo lo visto en este último episodio, sino toda la narración que es Mad Men en su conjunto.

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