Cerrado por movimientos sociales: ligero

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Este pasado domingo debía haber escrito otro feuilleton —demasiado retraso acumulaba ya— pero no pude evitar quedarme pegado a las elecciones. En parte por ver cuál había sido esta vez el destino final del voto que había depositado horas antes en una urna. Con frecuencia he visto mi voto robado por la fórmula que rige el sistema electoral o devuelto, en su sobre aún sin abrir, cuando he votado desde fuera de España. Al mismo tiempo el seguimiento de la información post electoral pronto se convirtió en otro feuilleton en potencia. El proceso era el mismo: pensar lo que estaba observando para tratar de contármelo a continuación. Pero, por qué no decirlo, también seguí los resultados electorales porque siempre es un placer ver ese momento tan fugaz en el que la sociedad civil se representa a sí misma sin mediación, justo en el momento mismo en que delega su representación a unos mediadores, con resultados casi siempre problemáticos.

La distancia con que veo la política española no me permite obtener de ella más que imágenes impresionistas que seguramente yo mismo construyo al tratar de recomponer sus elementos, algo que probablemente no me diferencia demasiado de la forma en que ven la política el resto de mis conciudadanos. Esa distancia no sólo tiene que ver con la media década en la España ha sido sólo uno de los lugares en los que he pasado una parte del año, dividido entre dos continentes y cuatro ciudades. Ha sido también un alejamiento voluntario reafirmado cada vez que comprobaba la tersura de papel de lija que la vida política española había continuado aumentando desde que tengo memoria de ella. Y cuando digo política me refiero, claro, al espectáculo colectivo que pasa por tal, producido por periodistas convertidos en agentes provocadores, con o si la alianza de políticos profesionales, que se concentraban en caldear la muchas veces insípida actividad política para, en último término, mantener un mercado para sus tertulias, noticiarios y columnas de prensa.

Parásitos aparte, durante los últimos años había un elemento en la conversación colectiva sobre política en España que me desconcertaba profundamente. Y era ver cómo los argumentos políticos, que deberían articularse sobre proyectos y realizaciones de hecho, se construían no ya sobre mentiras sobre los enemigos políticos, sino sobre hipotéticos futuros. Futuros que imaginaban siempre en términos de vuelta a un pasado no menos imaginario o cumpliendo exclusivamente los deseos de quienes creen que el tiempo humano tiene una sola dirección legítima, imbuida de un significado necesario que establece aquello a lo que se le permite ser presente, relegando al pasado toda idea, práctica o institución que no se desea incluir en el relato de lo que se debe permitir suceder. (Esta cultura política de las temporalidades, tan poco política, sería un objeto curioso a estudiar en las tomas de posición respecto a las posibilidades del presente. No menos interesante sería ver el papel que ha tenido en ellas el conjunto de prácticas institucionales que se ha querido denominar memoria histórica, que ha funcionado la mayor parte del tiempo como imaginación histórica.) A gusto de cada poseedor de la verdad, el discurso alternaba entre un futuro que debía ser enmienda del pasado, como si esto fuera posible, o un futuro que amenazaba con ser repetición de lo que se denunciaban como horrores y errores del pasado. El relato de este último discurso casi siempre tenía, pese a todo, final feliz, al hacer necesarios para la enmienda de aquellos errores futuros a quien enarbolaba ese discurso y a los suyos, legitimados por las necesidades de la historia, que como todo el mundo sabe imprime en la mente de los más clarividentes la idea de lo que puede y debe ser o no en ella.

Nada de esto me ha inducido en ningún momento a caer en la ingenuidad de que ante semejante política el voto no importa. Hasta el más acendrado esteta nos dirá que el marco importa, y mucho. Ni este discurso inane ni el uso tóxico y hasta delictivo de las instituciones democráticas había acabado con ellas. Era consciente, sí, de la paradoja de que quienes las habían usado de esos modos atacaban a quienes querían cambiar su uso acusándolos de querer destruirlas, defendiendo así no las instituciones mismas sino su uso privilegiado de las mismas. En el proceso se acudió a todas las formas posibles de miedo, miedo a un futuro que, claro, tenía todo el aspecto de un pasado imaginado.

Entre todas estas estrategias de terrorismo fue una de las más insistentemente utilizadas la acusación de Podemos, la principal formación emergente para el cambio de las instituciones democráticas, como populista. Más allá de la repulsa que producía oír lanzar la acusación de una potencial amenaza de populismo a una formación política que lleva desde el principio de su historia el adjetivo “popular” engastado en su nombre, equivalente a la desazón que provoca ver a quienes se horrorizan de la más simple mención a la tradición marxista en alguna de sus líneas, pero que depositan toda su inquebrantable fe política en un partido que todavía hoy se denomina “obrero”, la acusación de populismo no era fácil de desestimar. Era populismo, sí, pero alejado del uso por parte de élites políticas, con frecuencia pertenecientes a familias con larga vinculación a la vida política bajo diversas formas de gobierno, para mantenerse en el poder. Como tantas veces se ha señalado era un populismo trasladado directamente de las teorías postmarxistas que lo redefinieron para su uso en la movilización como unidad de una izquierda progresivamente fragmentada a lo largo del siglo XX, a través de un lenguaje que agrupaba en dos polos opuestos a amigos y enemigos políticos. Sus buenas intenciones teóricas acabaron por proyectar las más de las veces una imagen de criptoizquierda, que precisamente por ese criptocarácter no hacía sino enardecer la fertil fantasía histórica de esos enemigos políticos, siempre tan deseosos de ver repetirse un pasado que ellos creen que acaba por hacerlos buenos. No era un lenguaje que me hablase a mí, por ver en él la mayor parte del tiempo un ingenuo maquiavelismo —dicho en el buen sentido, el gramsciano— de despacho de departamento universitario. (Quien quiera ver realmente correr la sangre por el poder y los privilegios no debe buscar ni en la política nacional ni en Game of Thrones sino en la vida académica.)

Pero una cosa era lamentar su lenguaje político o algunas de sus posiciones y estrategias políticas y otra muy diferente era comprar a políticos y medios la ristra de seguros horrores a que los ciudadanos se exponían al votar a Podemos o a las coaliciones de grupos políticos y ciudadanos que se han tratado de identificar de manera unívoca con ellos. El racismo enquistado en la vida política y social española elevó ante las elecciones del 24 de mayo la mayor alarma que se puede lanzar a un español de pro: decirle que puede acabar como un latinoamericano, viviendo bajo una dictadura de república bananera (a Venezuela, el habitual referente, se la puede acusar en todo caso de república petrolera, hecho que disminuye, y mucho, la posibilidad de comparar los elementos en juego en la vida política de aquel y de este país). Todo ello era muy lógico en estos tiempos de marketing político, en que se habla de marcas políticas, para tratar de tranquilizarse ante lo que la política puede y debe ser, y se busca reducir el debate político a la proyección de imágenes. La paradoja es que, como sucedió el 15 de marzo de 2004, cuando se trata de manipular a la sociedad desde los medios y el poder, poniendo en peligro la verdadera democracia, la de poder pensar y elegir desde fuera de esa empresa goebbelsiana de repetir una mentira esperando que acabe por ser vivida como verdad, los ciudadanos responden ignorando esos supuestos peligros y reconociendo los de la propaganda.

Porque detrás de los que pueden ser acusados de populistas, como —no hay que negarlo— de los que pueden ser acusados de corruptos, lo que hay son ciudadanos que no necesariamente se identifican de manera unívoca con los discursos o las prácticas de los partidos a los que vota, siempre por elección propia. Y esto se ha demostrado, más que nunca en las elecciones del pasado 24 de mayo. Las coaliciones de ciudadanos, al presentarse a estas elecciones, han cerrado esa circuito de circulación política que partiendo entre otros lugares del activismo y la movilización social ha pasado  a las organizaciones, para llegar al total de los ciudadanos en a forma de opción democrática en unas elecciones. Cada ciudadano puede tiene la opción de participar ahora en el nivel que lo desee, sin que la existencia de uno deba sustituir a ninguno de los otros. Esta, creo, es la distancia recorrida del 15-M al 24-M, que ha permitido la creación de un nuevo sistema de producción y circulación de propuestas políticas, finalmente ofrecido a los ciudadanos en la forma de candidaturas políticas. Ahora no será necesario elegir entre activismo y voto, entre movilización y política institucional. El 24-M nos hemos embarcado colectivamente en un nuevo proyecto por la creación de un tejido social más complejo para la política que no busca la hegemonía de una posición o la otra.

Lo que se ha ofrecido, y no es poco, es una posibilidad. La de detener por el momento la búsqueda de hegemonía para buscar la creación de espacios en los que las opciones políticas sean un lugar desde el que pensar y hablar, no una instancia de salvación de la patria, el pueblo o el mercado. Y pese a que desde diversos lugares ha habido quienes se han lanzado a afirmar que ha sido la izquierda quien ha ganado, parece obvio que quien lo ha hecho ha sido la representación política. Se apunta ahora una política de objetivos, no de posiciones. Se reconocería así que en España una posición en el espectro político, una idea, y las siglas de los partidos no coinciden de manera unívoca y exclusiva. Parece que ha llegado el momento de donde coinciden en un mismo lugar políticos diversas siglas y proyectos políticos. Y esto es lo más interesante de la nueva situación creada: la posibilidad de un trabajo colectivo en el que sabiendo que cada grupo y sus votantes tienen intereses distintos —todos los tenemos y así debe seguir siendo— se pueden encontrar espacios de diálogo y acción comunes, tras uno de los peores momentos de confrontación desde el último mandato de José María Aznar, que ha hecho que el Partido Popular pueda esperar de los restantes partidos lo mismo que les ha ofrecido estos últimos años: nada.

Lo mejor es que no sabemos lo que viene ahora, casi no lo podemos imaginar, pero sobre todo no podemos imaginarlo con la forma de un pasado. Eso es lo mejor, no saber qué va a pasar. Un futuro que será muy diferente al pronosticado por una derecha que siempre ha imaginado a sus enemigos políticos con la misma voluntad de imponer sobre el conjunto de la sociedad sus ideas con que ella ve la relación entre instituciones políticas y sociedad. Como siempre, la baja representatividad de las elecciones por la alta tasa de abstención es triste. Pero claramente se ha compensado en la imaginación de los votantes por la alta movilización de deseos con que han acudido a las urnas quienes sí lo han hecho. Y, a mis ojos, por la regocijante falta de una política centralizada en unas pocas formaciones políticas concretas que ha resultado de esa movilización. Se ha hecho posible la diferencia, alejando el fantasma tóxico del poder absoluto, de una mayoría construída tanto por el voto como por la abstención y el propio sistema electoral.

Es el momento de salir a respirar fuera de la opresiva atmósfera de la vida política nacional, en la que la pluralidad aparece por fin. Inevitablemente los vigilantes de lo posible —y también muchos ciudadanos, no debemos olvidarlo— se han lanzado a decir que los nuevos partidos tendrán que demostrar su capacidad de gobierno. Me gustaría pensar que estamos aquí para largo, que los que van a tener que demostrar algo son también los votantes, entendiendo que ningún cambio se va a lograr de la noche a la mañana.Probablemetne, de nuevo, la distancia no me ofrece sino imágenes impresionistas, borrosas. Pero me digo que algo se ha despejado en la vida política española. Por primera vez en mucho tiempo uno se siente tentado a sentirse parte de un continuo político del que, para variar, no debe avergonzarse. Y, andando ahora en las calles de Madrid, tengo una palabra para describirme frente a la politica española que durante una decada y media hubiera sido fue imposible: ligero.

No ignoro que se va a leer polarización entre izquierda y derecha en los resultados. Ni que se va a buscar el desgaste de las nuevas organizaciones políticas que lleguen al poder a lo largo de las legislaturas municipales. Ni que los pactos de gobierno pueden no resultar, con algunos trabajando por que así sea mucho más de lo que lo hicieron en campaña. Ni, por supuesto, que muchos ciudadanos que no han ido a votar a las opciones más conservadoras en estas elecciones lo harán en las próximas generales, forzando a las nuevas formaciones a trabajar en los próximos meses no sólo en gobernar sino en ampliar el voto. Cierto es que lo harán en una nueva situación en la que el Partido Socialista, pesa a autoeregirse en la fuerza representativa de la izquierda, debe ser muy consciente de que se le ofrece una oportunidad de afianzarse como partido de centro frente a una derecha y una izquierda nuevas y en proceso de remodelación, para reducir a la derecha más conservadora a su mínimo político. No ignorar esto no me hace cambiar lo que pienso, al contrario, me reafirma en la sensación de que tras los discursos políticos hay ahora ciudadanos que se mueven de un punto a otro de la política porque la están pensando. Y que así termina la posibilidad de una manera de pensar la política española que se presentó siempre como la única posible, revelando e el proceso corrientes de simpatía entre distintas regiones de España, a través de ideas políticas que fluyen por otros cauces distintos a los que el esclerótico cuerpo de la vida política y cultural nacionales nos venía ofreciendo. Lo dicho: ligero.

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