Jarvis, The Folk Hero: Notas sobre “Pulp: A Film About Life, Death & Supermarkets”

pulp

¿Quién puede decir que no ha tratado alguna vez de ordenar su vida en una narrativa? Jarvis Cocker lo intentó hace ya algunos años y lo hizo concluyendo por el principio, cerrando la gira de reunión de Pulp en su ciudad de origen, Sheffield. Como no hay narrativa sin archivo —y viceversa—, Cocker llevó consigo y su banda al director Florian Habicht para que rodase el concierto que celebró allí en diciembre de 2012. El resultado fue el documental Pulp: A Film About Life, Death & Supermarkets, estrenado en 2014, pero que todavía hoy se proyecta en algunos países. La película, al cerrar en una narrativa la historia de la banda que acompañó durante casi toda su vida a Jarvis Cocker, convierte al grupo pop en un objeto pop en sí mismo. Pero esta sólo es una de las narrativas posibles sobre Pulp.

Habicht construye su relato partiendo de una idea que será central para entender aquello que nos quiere decir sobre Pulp: invirtiendo la convención del documental sobre un concierto, al considerar que lo menos interesante sucedió en el escenario. Lo que merece la pena contar es qué pasó esa noche y los días que la precedieron en las vidas de aquellos que asistieron al concierto, por lo que Habicht decidió poblar sus imágenes de los habitantes, permanentes y ocasionales, de Sheffield. El título de la película resulta en este sentido transparente. El documental no sólo nos habla de la vida y la muerte —comercial— de Pulp, sino que al situar esas dos cuestiones filosóficas junto al espacio común del supermercado, nos recuerda que las grandes cuestiones existenciales no sólo están en la mente de los cantantes pop, sino también en la vida cotidiana de aquellos que visitan un supermercado, por ejemplo en Sheffield. Habicht se esfuerza por presentar a la gente de Sheffield no sólo como fans de Pulp, sino que a través de su vida cotidiana, tantas veces pensada por Jarvis Cocker en sus canciones, muestra que ellos, como Jarvis, son también grandes pensadores de la vida cotidiana. La filosofía está entre la gente común, parece decirnos cuando entrevista a una mujer mayor que fuma frente a un supermercado y confiesa que Pulp le gustan porque son una banda que hace pensar con sus letras, para dar a continuación buenas muestras de que ella también lo hace desde un banco, en la calle.

Sin embargo, la verdadera reflexión sobre lo popular en la película está en el modo en que nos presenta en todo momento la música de Pulp como una auténtica forma de folk urbano. Si en su último disco, We Love Life (2001), jugaron con los sonidos y las imágenes de la música folk británica, parece ahora que quisieran hacerlo con la dimensión conceptual y, sobre todo, social de esa tradición musical, pero actualizándola en el mundo urbano del norte de Inglaterra. Sus canciones son cantadas, bailadas y vividas, haciendo suyas sus historias, por toda la gente de la ciudad que hizo posible que esas canciones existiesen.

Habicht nos muestra a un joven músico de Sheffield contando cómo una canción de Pulp lo rehizo después de un violento fracaso en la gran ciudad, o a una bibliotecaria que lee como si fuese un poema “Help the Aged” antes de explicar cómo la canción le hizo aceptar su propio proceso de envejecimiento. Las canciones de Pulp son interpretadas por un grupo coral e incluso cantadas colectivamente en un snack bar con el único acompañamiento de guitarra acústica, en una escenificación que, por serlo, hace aún más transparente que la idea es presentarnos las letras de Cocker como una experiencia vivida por sus oyentes. O son bailadas por un grupo de preadolescentes, que piensan después con gran sentido común frente a la cámara en la leyenda de aquellos que se marcharon de la ciudad para ser famosos y en los efectos indeseables de la fama.

Esta escena nos muestra que Pulp son parte del folk urbano de Sheffield en dos sentidos. Por sus canciones, que narran una experiencia de vivir en la ciudad que puede ser actualizada por todos sus ciudadanos de manera colectiva —como el propio Jarvis Cocker recuerda al presentar “Common People”, esa historia pese a desarrollarse en Londres nunca hubiera sido posible si su origen no hubiera estado en Sheffield—, pero también como sus héroes folk. Cocker, ausente de los espacios que una vez habitó, es ahora en ellos una leyenda, que algunos dicen haber conocido antes de que alcanzase estatuto mítico e incluso haber compartido amistad con él cuando trabajaba en ese supermercado en que centra la película la fábula de Pulp. Podemos pensar que esto responde a la relación privilegiada que la música pop tiene como cultura colectiva con la sociedad en Gran Bretaña, que hizo posible durante décadas instituciones como Top of the Pops y, sobre todo, una extensa red de prensa especializada dedicada a pensar en público los más mínimos detalles de su cultura pop. Pero lo que no cabe duda es que, como sabe cualquiera que viera a Jarvis Cocker encaramado en las balcones del Radio City Music Hall de Nueva York, mientras cantaba “This Is Hardcore” en alguna de las dos noches en que Pulp lo llenaron meses antes de acabar su gira en Sheffield, todo este folklore, esta mitología de la gente común no es sino un relato, una imagen que quiere hacernos entender a Pulp en su final desde su origen

Pero cómo Pulp —o tal vez Jarvis Cocker— quieren que los veamos y cómo nos gustaría verlos a nosotros no coinciden necesariamente. Pese a la eficacia de la película para organizar emociones en torno a esa idea de folk music, es evidente que esa supuesta identidad folk de la banda no resiste una segunda lectura. Y tampoco es que lo oculten en otros momentos. El propio Jarvis Cocker señaló durante la presentación de la película en Los Angeles que el documental satisfacía su deseo de saber más sobre el público que acude a sus conciertos. Lo que convertiría el documental en una paradójica investigación etnográfica de su público, a la inversa de lo que suelen buscar esta clase de documentales. Como señala Steve Mackey, bajista de la banda, en un momento del documental, aunque Jarvis escriba sobre fregar los platos él nunca recuerda haberle visto hacerlo. Es obvio que hace mucho tiempo que Cocker no es la misma persona cuya vida inspiró “Common People”.

La lectura política de la banda a que nos lleva la película se aleja mucho de la que hiciera Owen Hatherley en Uncommon. An Essay on Pulp (Zero Books, 2011), que fue un análisis de la inscripción de la clase y el espacio urbano concreto de Sheffield en la música de la banda. Es significativo que la aparición de Hatherley en el documental sea, como han señalado algunos críticos, tan torpe. Entrevisto por primera vez tras la puerta de un aula de conferencias, en la que hay clavado un triste folio impreso en el que se lee el título de la que Hatherley está dando en ese momento sobre Pulp, reaparece una vez más siendo entrevistado sobre la representación del sexo en las canciones de la banda, no sobre la clase. El análisis de clase de Hatherley, sin embargo, no sólo nos sirve para entender leer las canciones de Pulp, sino que también los sitúa musicalmente como el último eslabón de una tradición de bandas de pop de notable sofisticación literaria y musical, surgidas casi siempre del paso de miembros de la clase obrera por aquellas escuelas de arte cuyo impacto en la música británica exploró el clásico ensayo de Simon Frith y Howard Horne Art into Pop, y cuya desaparición ha sido una de las críticas constantes de los analistas culturales contra el adelgazamiento del gasto público en la Gran Bretaña neoliberalizada.

Para Hatherley los mayores triunfos expresivos de la banda se encuentran en esa línea, con un género de canciones panorámicas que van de “Sheffield: Sex City” a “This is Hardcore”, pasando por “I Spy” y “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.”, con “Common People” como justo medio entre estas y sus canciones más pop, como “Mis-Shapes” o “Pencil Skirt”, que comparten con esos grandes frescos los temas de la clase social, el poder y el sexo. Pulp se muestran en ellas herederos de los usos cromáticos y texturales de los instrumentos clásicos del rock que David Stubbs o Simon Reynolds han identificado como paradigmáticos del post-punk británico, y que en sus momentos más sofisticados —Talk Talk— podían llevarnos a lugares similares a los que desde el jazz modal había llegado también Miles Davis. Yo prefiero imaginar a Pulp a través de esas canciones como parte de otro tipo de folk urbano moderno, aquel que sirvió a Kraftwerk para autodefinirse y que tiene en el oscuro lirismo del Scott Walker de sus cuatro álbumes clásicos otro de sus pilares, sólo en apariencia paradójico: Walker buscó en Iannis Xenakis y Edgar Varèse lo mismo que Pulp acabaron encontrando en el minimalismo americano. (Como bien señala en el documental Steve Mackey, Pulp trató de acercarse al mundo del pop construyendo sus canciones con los procedimientos de la vanguardia musical. Minutos más tarde, hablando de This is Hardcore, dirá que con ese disco trataron de buscar una salida del mundo del pop, a lo que podríamos añadir que lo hicieron usando exactamente los mismos elementos que antes usaron para entrar en él.) Pese a su fragilidad, es esta una de las líneas más interesantes para pensar el pop europeo desde los años sesenta y probablemente a ella se refería recientemente Luke Turner al considerar The Culture of Volume (2015), el segundo disco de East India Youth, como una obra hija de una historia alternativa del pop contemporáneo.

La posibilidad de una historia alternativa merece un excurso, necesario cuando hablamos de Pulp. La historia alternativa fundamental sobre Pulp los coloca como triunfadores de aquello que el nacionalismo cultural británico llamó Britpop, adelantando por la izquierda a Blur y a Oasis e inaugurando una línea en el pop británico que rehuyese tanto la banalidad como el rockismo. Owen Hatherley tiene otro pasado alternativo todavía mejor, en el que Pulp hubiesen sido  el primer grupo de pop firmado por Warp, sello con el que tuvieron una relación extensa en los primeros noventa, lo que hubiera situado sus discos no frente a ese Britpop, sino en la vanguardia pop electrónica, junto a un grupo como Broadcast, con el que comparten no pocos referentes. El hecho de que esos pasados y futuros alternativos sean tan atractivos en el caso de Pulp nos da una idea muy clara de que fue una banda que, incluso en sus momentos de triunfo, nunca supieron alcanzar todo su potencial. El fan, o mejor, el fan de la banda no puede evitar reimaginar sus discos sustituyendo algunas de las canciones por las caras b de singles o por demos que, aunque no editadas en algunos casos hasta años después, estuvieron entre los caminos posibles de cada disco. En esos discos imaginarios “Live On” es el tercer glorioso single de His ‘n’ Hers, “Seconds” sustituye a “Someone Like the Moon” y, tal vez, “His ‘n’ Hers” a “Happy Endings”. Different Class se cierra con “Ansaphone” y  “Don’t Lose It”, y no con “Monday Morning” y “Bar Italia”, mientras que “Something Changed” desaparece en favor de “We Can Dance Again”. Pero sobre todo, This Is Hardcore alcanza su verdadera altura cuando “Cocaine Socialism” sustituye a “Glory Days” y “Seductive Barry” deja su lugar a la más sugerente “It’s a Dirty World”. No podemos olvidar que, pese a todo, la intención vanguardista de sus canciones no siempre supo realizarse en las texturas de sus canciones —este perpetuo no realizarse plenamente de la banda, que fue la mitad de su historia y probablemente el centro de la misma—, que acababan prefiriendo a la electrónica alemana el italo-disco, y a los espacios cerrados de Scott Walker la luminosidad del glam. Y es que Pulp siempre fue un grupo más retrofuturista que moderno, porque, como ha argumentado Owen Hatherley, esa debió ser la experiencia de crecer en Sheffield durante los años setenta.

Pulp: A Film About Life, Death & Supermarkets trata de abarcar la vida de la banda en una narrativa habitable, tras los fracasos comerciales, la pérdida de dirección e incluso el necesario disco de regreso a la naturaleza que toda estrella de vuelta acaba haciendo tarde o temprano. Y no es este el relato de las estrellas pop que vuelven a recorrer el mundo y a encabezar festivales multitudinarios, sino el de los héroes del pueblo de una ciudad del norte de Inglaterra, tan propenso a lecturas gramscianas. Como bien sugiere Owen Hatherley muchos hubiéramos necesitado un disco más de Pulp. Un disco que fuese más allá de los recuerdos de Sheffield y avanzase en la línea política de mayor espectro que aparecía en “Cocaine Socialism”, el gran single perdido de This Is Hardcore, o en el single —en este caso oculto, y no perdido, al final del primer disco en solitario de Cocker, Jarvis— “Cunts Are Still Running the World”. La reunificación de la banda en 2011, años después de que Hatherley expresase ese deseo, nos ha dejado sin embargo como resultado duradero sólo este documental. En algún momento de él Jarvis Cocker dice que sus canciones tuvieron que cambiar con los años, porque nunca se sintió capaz de robar en ellas el relato de quienes vivían en unas condiciones que ya no eran las suyas. Ese es el límite del cantante folk, algo que, después de todo, Jarvis Cocker fue durante unos años.

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