Pasajes neoliberales: Carl Neville, “No More Heroes? Steroids, Cocaine, Finance and Film in the 70s”

no more heroes

Recuerdo de manera exacta la primera vez que vi un libro de Zero Books. Me lo pasó —tenía dos copias— mi querido amigo el crítico de rock Patricio Orellana. Era un ejemplar de Uncommon, el ensayo que Owen Hatherley dedicó al grupo Pulp y a Sheffield, la ciudad en la que el grupo se formó. Cuando unos meses después lo leí, llegó en el momento justo para ser uno de los impulsos finales para comenzar este feuilleton. Conviene explicar por qué antes de hablar del nuevo libro de Carl Neville.

 

Definida en su página web como una editorial dedicada a cultura, sociedad y política, Zero Books nació en 2009 como un intento de ampliar el discurso de la izquierda británica, altamente institucionalizado ya en una editorial como Verso Books, tratando al mismo tiempo, como señaló en 2013 su entonces editor Alex Niven, de superar algunas de las limitaciones con que esa izquierda intelectual continuaba pensando posibles espacios para la formación de una cultura democrática en Gran Bretaña. Zero Books se convirtió casi de inmediato en un éxito editorial en un género tan improbable como es el de los libros de ensayo, escritos además en muchos casos por autores jóvenes, hasta alcanzar más de ciento cincuenta colaboradores, muchos de ellos publicando su primer libro. Sukhev Sandhu apuntaba en en The Guardian que el triunfo de la colección ha venido a demostrar la vitalidad de las editoriales críticas que desde la izquierda han sabido en la última década construir para un mercado en constante crecimiento, contra la tendencia general del mercado editorial. (El éxito de su visión no impidió que las relaciones con John Hunt Publishing, la editorial que cobija Zero Books, se deteriorasen progresivamente hasta hacer que los tres fundadores, Tariq Goddard, Mark Fisher y Matteo Mandarini, decidiesen, junto a su editor Alex Niven, abandonar para fundar una nueva editorial, Repeater Books. Los libros que continúan apareciendo fueron todavía solicitados por este equipo editorial, pese a que Zero Books cuenta ahora con un nuevo editor, Douglas Lain, que ha declarado querer mantenerse fiel al carácter de la editorial cuando comience a contratar nuevos libros.)

Pero la propuesta fundamental de Zero Books estaba, a mi juicio, en la declaración que aparecía en el breve manifiesto de intenciones que acompaña cada libro: ser “intelectual sin ser académica, popular sin ser populista”. Mark Fisher aclaró esta idea afirmando que la editorial trataba de dar cabida a una escritura que se sitúase a igual distancia conceptual y estilística de los límites que la cultura impresa tenía por arriba —la escritura académica— y por abajo —el periodismo—. Para Fisher esa escritura equidistante se podía encontrar desde principios de los 2000 en internet, en una red de blogs a cuyos autores la colección trató desde su fundación de dar mayor circulación. La vitalidad de esa red ha sido recordada hace unos años —en el prólogo The Big Book of Woe de Matthew Ingram, libro electrónico que recoge escritos de uno de esos blogs_ por Simon Reynolds, cuyo Bliss Out (http://blissout.blogspot.com/) fue el nódulo principal alrededor del cual creció esa red. El propio Fisher ha señalado cómo Reynolds se convirtió en un referente por encarnar la tradición de una crítica musical teóricamente bien informada que, tras tres décadas dando forma a la imagen de la cultura presente de varias generaciones en Gran Bretaña, se vio forzada al exilio digital cuando todos los semanarios en los que había desarrollado cerraron. A la nueva conversación cultural se fueron sumando otros, como Mark Fisher con k-punk (http://k-punk.abstractdynamics.org), Owen Hatherley con Sit down man, you’re a bloody tragedy (nastybrutalistandshort.blogspot.com), Carl Neville con Neither here nor there (http://theimpostume.blogspot.com) y Nina Power, de cuyos blogs saldrían los primeros libros editados por Zero Books a petición de Tariq Goddard. Esta decidida voluntad de crítica cultural como trabajo colectivo tomó desde un principio un sesgo marcadamente filosófico, pues esta era la formación de casi todos los participantes, jóvenes académicos que tendían en particular hacia la filosofía política y el marxismo —que es hoy una forma más de la anterior, conquistada la izquierda internacional por el análisis de la teoría política, como antes lo estuvo por la economía o por la cultura—. Casi todo ellos acabarían abandonando sus blogs, para apoyados en el éxito de la editorial, convertirse en la nueva cara de la crítica cultural y el pensamiento político en Gran Bretaña.

Uno de los pocos blogs que hoy continúa vivo es el citado de Carl Neville, donde sigue escribiendo largamente sobre cine —desde Christopher Nolan a Ben Wheatley, director de Kill List (2011) y A Field in England (2013)—, y del cual han salido dos volúmenes breves —como es costumbre en la editorial—, el primero de ellos dedicado al cine británico contemporáneo, Classless. Recent Essays on British Film (Zero Books, 2011), y centrándose en el recién aparecido No More Heroes? Steroids, Cocaine, Finance and Film in the 70s (Zero Books, 2015) en el cine norteamericano de la segunda mitad de los años setenta y principios de los ochenta. Por su extensión, pero sobre todo por su diseño intelectual, estos libros no buscan ser estudios exhaustivos de su objeto, sino construir argumentos claros, dirigidos siempre a reflexiones que en primer y en último término siempre tratan de ser políticas.

Classless exploraba el cine británico reciente haciendo un doble movimiento. En primer lugar, de crítica a la supuesta modernización cultural realizada bajo el dominio del políticas neoliberales durante los años de gobierno de Tony Blair, centrándose en el cineasta británico de mayor éxito internacional en esos años, Danny Boyle. (El tiempo daría la razón a Neville en su lectura del Boyle como paradigma cinematográfico de los valores del neoliberalismo cuando, en 2012 y bajo gobierno del conservador Cameron, fue escogido para dirigir la ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos de Londres. Diría que hay un libro por escribir para Zero Books reflexionando sobre las grandes concentraciones deportivas internacionales de la última década, fenómenos siempre tan sobredeterminados, pero que hoy tienen una electrizante carga política, tras incluir las olimpiadas no sólo a Inglaterra, sino también a China y Rusia, y en breve a Corea del Sur.) Al mismo tiempo, Classless trataba de conceptualizar un potencial pensamiento de resistencia política en las películas sobre hooligans, capaz de contribuir a la revitalización de una cultura nacional-popular de izquierda. Esta es una de las grandes cuestiones del grupo principal de Zero Books, que ha aparecido expresada de manera manifiesta en Folk Opposition de Alex Niven —particularmente en su reflexión sobre la afición al fútbol como espacio de relaciones políticas— y en el concepto de Mark Fisher de popular modernism, que sintoniza con el trabajo de Owen Hatherley sobre la arquitectura estatal de postguerra o, de manera tal vez menos obvia pero no menos exacta, con la reflexión sostenida de Simon Reynolds sobre la cultura musical pop en Gran Bretaña.

No More Heroes? desplaza su atención hacia los modos en que el neoliberalismo fue adquiriendo forma como ideología en el cine norteamericano, en paralelo a su institucionalización como política de Estado en la mayor parte del mundo occidental. Como en Classless, las películas analizadas sirven menos como objeto de estudio que como ejemplificaciones de un argumento en su análisis cultural del capitalismo. Neville abre el libro con su análisis de una imagen tomada del especulador financiero Marc Faber, que describió el giro hacia la deuda en que se basó la recuperación económica neoliberal como una inyección de esteroides en el sistema económico. El desplazamiento ideológico que llevó de las políticas sociales de los gobiernos antes de los años setenta al nuevo mundo liberal es ejemplificada de manera muy exacta por Nevllle en el cine de esos años en la distancia que separa a Alien (1979) de Aliens (1986). Esta pregunta —cómo se produce la ideología neoliberal simultáneamente en el discurso de las políticas económicas y en el de la cultura— será la cuestión, esencialmente marxista, que Neville perseguirá en su análisis, tratando de observar como prácticas culturales y económicas se construyen simultáneamente como discursos dirigidos a legitimar fundamentalmente estas últimas. Se trata de un terreno tan atractivo como inestable, que tiende a convertir las películas en narrativas simbólicas de procesos económicos, amenazando con quebrar la lectura razonable de las mismas la voluntad del lector de leer en ellas su gran objeto, el proceso de neoliberalización. Pero el impulso analítico es excelente y, sobre todo, Neville consigue sacar lo mejor de ese método, estableciendo algunas relaciones fascinante entre objetos que creíamos muy distantes, que no sólo los iluminan a ellos, sino también el camino que los une con nuestro presente cultural.

Una extensa cita de uno de los diálogos escritos por Paddy Chayefsky para Network nos introduce a la temprana naturalización de las ideas del mercado como único tejido social y de la empresa como único actor social posible, asumidas por los personajes de la película como una auténtica religión. Durante los años ochenta, argumenta Neville, la economía adquiere un dominio epistemológico sobre la realidad total, convirtiendo la vulgata del liberalismo económico en perfecto e infalible sistema de explicación —y por extensión de dirección— del mundo. Pero donde Neville brilla no es, por supuesto, al espigar esta clase de declaraciones transparentes de las películas que analiza, sino en al cartografiar los pasajes ocultos que unen el centro y los márgenes del neoliberalismo con algunas de las tendencias, fenómenos y películas de la década de transición hacia el nuevo orden conservador que se extiende entre finales de los setenta y principios de los ochenta.

Es sorprendente, primero, seguir, página a página, el entusiasmo de los economistas de la escuela austriaca —en gran medida responsables de la vuelta del liberalismo económico— por Ayn Rand y su Atlas Shrugged, que debía traer el Übermensch oeconomicus, verdadera realización del ideal nietzschiano de borrar lo humano —lo que inevitablemente traerá a la mente del lector conexiones con el postestructuralismo francés de finales de los sesenta—. Pero más sorprendente es ver encarnarse a finales de los setenta los valores sociales y económicos de ese superhombre neoliberal en Arnold Schwarzenegger. A partir de él, Neville excavará pasajes secretos que llevan tanto al ideal del emprendedor focalizado en el triunfo que presenta el documental sobre culturismo Pumping Iron (1977), como a su fascinación con el economista Milton Friedman, cuya serie Free to Choose (1980) Schwarzenegger prologó desde su despacho para su edición en video. El futuro gobernador de California aparece allí seguro de unas ideas que incluyen impulso emprendedor, anticomunismo, americanismo químicamente puro y neoliberalismo, ideas que lo han convertido en empresario de su propia y esteroidada persona. Neville encuentra todavía otro pasaje, que une la relación entre la emergente cultura gay y las revistas de culturismo en Estados Unidos durante la guerra fría con el trasvase de valores contraculturales a la nueva ideología neoliberal, sumados en un todo hedonista, a través de una lectura algo fallida de The Rocky Horror Picture Show (1975) y otras películas de Richard O’Brien. (Deja de lado, porque obviamente se sale del campo de su estudio, aunque haga una mención breve pero muy fina, el verdadero paradigma de esa síntesis perversa de los valores contraculturales —revolución estética permanente, valores comunitarios, cierto populismo— con la explotación más salvaje de los espacios de monopolio que permiten las políticas neoliberales: Steve Jobs.)

Su análisis acaba por llevarlo hasta la construcción de la infancia como sujeto de consumo a través de la televisión en los años ochenta, sugiriendo que el libro no es sólo el ensayo que anuncia, sino también el intento de explicación política de una cultura en la que innumerables niños y adolescentes, casi siempre de género masculino, se vieron inmersos durante esa década, momento en el que se definió el cine de acción como un objeto de consumo específicamente masculino. Neville abordará el género a través de John Milius, cuyos guiones para la serie Dirty Harry contribuyeron largamente a la fetichización de las armas de fuego en el cine de los años ochenta—otro elemento fundamental de esa cultura masculina de la acción como espacio de escapada imaginario, cuyo origen, evidentemente, es mucho más antiguo—, y más tarde director de Conan The Barbarian (1982), la película que lanzó a Schwarzenegger a su carrera cinematográfica. Con el análisis de esta película viene a cerrar el argumento en torno a Arnold Schwarzenegger, convertido en Conan en el paradigma del self-made man, cuya única fe es en sí mismo, que se enfrenta a una comunidad unida por lazos religiosos, que para Neville representaría la credulidad ideológica de la contracultura de los años setenta, definitivamente pulverizada. (Por alguna razón yo prefiero pensar Conan como una película sobre la lucha contra la religión organizada y su poder, verdadera paráfrasis de El héroe sacrílego (1955), casi la última película de Kenji Mizoguchi)

El excelente cierre del ciclo analítico que ha unido esteroides y neoliberalismo concluye hace que los restantes capítulos, centrados en la cocaína y el final de la producción fordista, resulten algo deslavazados.Puntualmente, Neville sigue brillando en ciertos análisis, como en la fascinante lectura del desplazamiento de la pornografía de la contracultura hacia los valores del masculinismo estoroidal y la explotación económica, con el surgimiento de un porn chic que filtra la contracultura para unas nuevas clases medias, en lo que denomina acertadamente “cultural gentrification”. El triunfo del esteroide y la cocaína en la pornografía, que pronto trajeron una innegable cultura de la agresividad sexual masculina, es contrastado con la construcción de John Holmes como figura trágica, perfecta víctima de los ingenuos setenta para los peligros de los ochenta, destruido por la cocaína y el SIDA, y cuya dificultad para conseguir una erección es constrastada con la sexualidad deportiva de una nueva pornografía, atrapada en una eterna High School Movie, en la que deportistas —jocks— y animadoras aparecen entregados a una constante cópula, como si de su continuidad dependiese que el mundo siga girando.

Las páginas siguientes, dedicadas al paso del sistema de producción fordista al postfordismo, que desplaza el modelo de triunfo económico de Estados Unidos a Japón, buscando símbolos de ese proceso en películas tan distintas como Killer of Sheep (1978) y Westworld (1973), traen los pasajes peor iluminados del libro, pese a chispas de ingenio como leer la hecatombe masiva de coches en las persecuciones del cine americano como una simbolización del fin del modelo productivo que recibió su nombre de la marca Ford. Unos breves apuntes, apenas desarrollados, sobre la corporación en la ciencia ficción de los años setenta y ochenta, verdadero tema de peso que convendría explorar en detalle, saltando de The Terminator (1984) a Robocop 3 (1993), acaban por desbordar el alcance inicial del libro, dando una cierta sensación de cierre en falso, que nos hace preguntarnos si los altos y bajos analíticos, pero sobre todo constructivos, del argumento central de este ensayo son un problema derivado de su origen en un blog, dando como resultado análisis concretos que difícilmente se someten a una línea de argumentación.

No quiere decir esto, ni mucho menos, que el libro no merezca la pena ser leído. Sus pasajes más luminosos se quedan con nosotros y nos hacen mirar de otra manera no sólo las películas tratadas, sino el modo mismo de pensar frente a una pantalla, al tiempo que los fracasos de lectura nos ponen sobre aviso de los peligros inherentes a estas lecturas casi simbolistas de la ideología inscrita en la cultura. Hay, sin embargo, algo de valioso en ese modo de analizar películas. Evitando hablar de teorías del reflejo, pero también de la estructura productiva del cine, para centrarse sólo en la ideología, acaba por mostrarnos que tanto el cine como el neoliberalismo son, además de estructuras de producción, culturas, relatos, discursos, imágenes que tratan de instaurarse en nuestra mente como maneras de ver el mundo. Susceptibles, por tanto, de ser rechazas cuando dejan de permitirnos entender el mundo que nos rodea.

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One thought on “Pasajes neoliberales: Carl Neville, “No More Heroes? Steroids, Cocaine, Finance and Film in the 70s”

  1. Referencias

    (Agradecimientos a Douglas Lain, nuevo editor de Zero Books, por proporcionarme una copia del libro para reseñarlo.)

    Página de Zero Books: http://www.zero-books.net/

    Douglas Lain sobre sus planes para la editorial: http://douglaslain.net/books-diet-soap/

    Entrevistas con los fundadores en The Guardian: http://www.theguardian.com/books/2012/feb/17/radical-alternatives-conventional-publishing

    Entrevista con Mark Fisher: http://www.readysteadybook.com/Article.aspx?page=markfisher

    Entrevista con el editor Alex Niven: http://review31.co.uk/interview/view/3/politics-beyond-dalston-an-interview-with-alex-niven

    Tariq Goddard sobre la salida del equipo editorial original de Zero Books: http://www.3ammagazine.com/3am/why-we-quit-tariq-goddard-on-leaving-zero-books/

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