Accidente de carretera: “Nightcrawler” (Dan Gilroy, 2014)

Nightcrawlerfilm

No deja de sorprender, cuando uno acude a ver cine comercial norteamericano con regularidad, comprobar que aún existe la posibilidad de creer haber visto una buena película. Nightcrawler, escrita y dirigida por Dan Gilroy, pasa perfectamente por serlo. Mantiene un buen pulso narrativo —fuera de algunos momentos toscos de montaje, necesarios para hacer avanzar el relato sin caer en la repetición—, esta rodada con gusto y fluidez, y, sobre todo, sigue clínicamente a un Jake Gyllenhall perturbador. Perturbador de nuevo, habría que decir, tras sus interpretaciones en Prisoners y Enemy, las dos excelentes películas rodadas por Denis Villeneuve en 2013, la primera de ellas una verdadera lección maestra de lo que a veces es y ojalá fuera más veces el cine comercial. Ambas ofrecían la regocijante oportunidad de tener que pensar en todo momento por qué se ponía cada imagen ante nosotros —y no otra de las posibles— para construir el significado cinematográfico, y al hacerlo nos recordaban que toda película funciona cuando es una proyección simultánea, sobre la pantalla y en nuestra mente. Nightcrawler no ofrece de manera tan evidente ese placer, pero hace inevitable dedicar algún tiempo a pensarla y, en el peor de los casos, a escribir sobre lo pensado.

La película se asienta sobre un género reconocible, la road movie urbana, que como vehículo para un relato noir más o menos clásico parece ser el paradigma de las representaciones cinematográficas de Los Angeles. Al menos lo hace estéticamente, porque en su contenido e intenciones parece estar más cercana a otra película con elementos también de ese género: Taxi Driver. Como aquella, Nightcrawler narra las noches de un joven notablemente desequilibrado, Louis Bloom, el personaje interpretado por Gyllenhaal. En su caso la vida nocturna de Los Angeles lo lleva a una de las trastiendas del periodismo televisivo contemporáneo, el mercado para imágenes de acontecimientos violentos rodados por equipos de cámaras gonzo, captadas de la manera más cruda posible para ser vendidas a noticieros sensacionalistas de mañana. Nightcrawler entra así en otro género, el de la ficción sobre periodistas, que ha tenido una notable contribución reciente con la serie de Aaron Sorkin The Newsroom.

La mayor resonancia social de la película parece estar en la fría mirada que lanza sobre un mundo que nos presenta como carente de toda ética profesional y personal. A través del personaje de Nina, interpretada por Rene Russo, una antigua presentadora de noticiarios posiblemente apartada de la pantalla por su edad —apuntando al modo desigual en que la televisión consume a las mujeres— y ahora directora de uno de esos programas matutinos de noticias, accedemos a un mundo en el que las noticias son construidas desde una narrativa que busca asegurarse su público ofreciéndoles una imagen de la ciudad de Los Angeles que invita al pánico. (Lo que tiene su lógica propia del medio: legitimar a quien está en su casa frente a la televisión mostrándole que el mundo exterior es sólo peligro.) Como bien explica Nina a Louis en cierto momento, es a ese público a quien deben dirigirse en todo momento, ofreciéndoles imágenes de la violencia que comienza a llegar a sus suburbios, aunque la realidad sea que Los Angeles, como Nueva York, ha visto descender la criminalidad de forma permanente durante años. Este trabajo de construcción del pánico tiene su punto culminante en la escena en que Nina dirige en directo a sus presentadores mientras comentan unas brutales imágenes proporcionadas por Louis, para modular las emociones que deben trasladar a sus espectadores. (Cuando Louis visita por primera vez el plató desde donde se emite el programa que Nina dirige, comenta la fotografía que detrás de los presentadores parece abrir el estudio, como si fuese una ventana, a la noche de Los Angeles. Parece tan real, dice, resumiendo de manera algo fácil la ingenuidad con que se espera que el espectador se enfrente a la realidad televisada.) La película quiere mostrarnos el reverso de esos programas de Fox News que Charlie Brooker satiriza y disecciona en su excelente Weekly Wipe por su absoluta falta de profesionalidad informativa y su casi exclusiva voluntad de construir narrativas políticas. (Cualquiera que haya pasado la vista por un quiosco español en los últimos meses —o incluso hoy mismo— sabrá que este problema no afecta sólo a los medios mas sensacionalistas, sino que las narrativas políticas son la linea editorial de la mayor parte, por no decir de todos los medios periodísticos españoles de cierta longevidad.)

La función política de ese espectáculo de violencia que victimiza a sus espectadores es simple: aumentar el miedo a las “minorías” con las que comparten el espacio urbano. Pero ese ciclo constante de horror sobre el que se sostienen estos medios quiere además que los espectadores asuman como propias esas narrativas de terror, las vivan, para que después busquen respuesta política en aquellos que necesitan que el uso de la fuerza parezca legitimado por alguna amenaza. Una lógica la de este periodismo espectáculo, que busca el doble público aterrado/fascinado de la televisión y de los videos virales en internet, que como bien señalaba Charlie Brooker, puede ser manipulada desde fuera, como ha mostrado el uso que de ellos hace la propaganda de Estado Islámico, simplemente hablando el mismo lenguaje visual y buscando la misma radicalización política, sólo que en otra dirección.

Todas esas escenas que piensan y nos hacen pensar sobre nuestro presente cultural están, sin embargo, entre lo mas obvio que la película nos ofrece. Bajo ellas aparece un discurso menos evidente, que el espectador podrá, si lo desea, relacionar o no con esa etica del terror del periodismo contemporáneo. Diría que es más interesante lo que Nightcrawler cuenta sobre ciertas actitudes en la sociedad contemporanea, ciertas formas de humanidad, si la pensamos como un intento de actualizar y tratar de imaginar cómo sería contar de nuevo Taxi Driver en 2014. Y comienza por contar no ya la historia de un veterano de guerra  —que podría haberlo sido—, que regresa de Vietnam a Nueva York despojado de toda habilidad social, sino de un parado que trata de acceder desde la pequeña delincuencia gracias a la cual sobrevive a un espacio social y laboral más estable.

Pero donde Taxi Driver relataba una espiral autodestructiva en la que el contacto entre la mentalidad psicopática y la sociedad americana presente se resolvía en una desconexión que llevaba a una espiral final de violencia, no exenta de cualidades redentoras, Nightcrawler se presenta como el relato de un ascenso social, que muestra cómo llevar los rasgos del psicópata —falta de empatía, narcisismo, focalización en el propio deseo— es en ciertos espacios de la sociedad americana contemporánea la forma más rápida —y lucrativa— de integrarse. Como hemos visto, esto sirve para hacer la crítica del medio periodístico, en el que Louis encaja a la perfección precisamente por esa falta total de empatía, requisito paradójico para la economía afectiva del terrorismo televisivo. En ello está el aspecto más tópico del retrato de Louis, pese a todo manejado con cierta elegancia, al cruzar con el psicópata el voyeur, que doblando la perspectiva del espectador cinematográfico —y televisivo— no comete los crímenes, sólo los observa. Donde realmente brilla la caracterización de Louis es en sus interacciones cotidianas, en las que ese extrañamiento provocado por quien carece de habilidades sociales se amplifica y carga de sentido al tratar siempre de presentarse como una persona integrada socialmente a través de un lenguaje de curso de business para emprendedores. La precariedad laboral sobrecompensada por la voluntad constante de venderse a uno mismo —o vender aquello que ha ido robando— como un experto, como un técnico entregado al funcionamiento del mercado. O también en la diligencia con que lo vemos, en una casa completamente despojada de marcas personales, ver la televisión, investigar sobre su trabajo, archivar y organizar sus logros progresivos como vendedor, tratando siempre de hacer avanzar su carrera profesional. Un profesionalismo parasitario que acaba tomando control absoluto de la vida del personaje, de la persona, sustituyéndola. Un profesionalismo y un lenguaje que acabarán por borrar toda humanidad, propia y ajena, como el propio Louis revela al decir en el momento en que se dirige a rodar el accidente de otro cámara –cuya furgoneta él mismo ha saboteado—, y mientras su ayudante trata de convencerle de que no lo haga, por tratarse de un compañero: “We’re professionals. He is a sale”.

El retrato del mundo de 2014, aterra pensarlo, es mucho más oscuro y estrecho que el de 1976. En ese mundo, a diferencia del de Taxi Driver, no hay redención, o mejor aún, salida posible. Si en Taxi Driver el personaje interpretado por Cybill Shepherd era repelido por la falta de habilidades sociales de Travis Bickle y rechazaba sus avances afectivos, en Nightcrawler Nina acabará aceptando de Louis lo que es un simple chantaje económico-sexual. Y mientras que la joven prostituta interpretada por Jodie Foster era el motor de una doble redención,  la suya propia y la de Travis, su equivalente en Nightcrawler, Rick, el asistente que comienza a trabajar para Louis en condiciones de explotación en un momento en que no tiene ni trabajo ni casa, será el último escalón en el ascenso laboral de Louis, sustituyéndose el autosacrificio redentor de Travis por el sacrificio de Rick en beneficio de Louis. Pero tanto Nina como Rick están metidos en la misma red de violencia simbólica e interés económico que Louis, y que les lleva en un caso a intercambiar sexo por una colaboración profesional duradera que la ayude a mantener su precaria posición laboral, y en el otro a utilizar los mismos principios de extorsión que Louis utiliza con otros personajes para mejorar su propia ganancia. Ninguno de ellos es exterior a ese juego social de intereses económicos y vacío ético que tan acogedor resulta para el psicopático Louis.

Este es el el verdadero fondo de terror de la película, no los accidentes, no el periodismo que los explota, sino la proliferación en el presente de cierta mecánica de la profesionalización y el rendimiento, que consume a quien decide encarnarla. Una lógica que Louis llevara hasta la propia autodefinición como una marca que ofrece un producto cuando pide que sus vídeos sean referidos en el programa por el nombre de su empresa, una empresa que es sólo él mismo. Junto al psicópata que retoca escenas de crimen, que invade y manipula hogares e incluso orquesta muertes, quien realmente nos mira de frente a lo largo de toda la película es este psicópata perfectamente integrado en el mundo, en los medios de comunicación y en las relaciones de poder.

Si en los años setenta, tal y como eran vistos desde Taxi Driver, existían aún referentes de sentido fuera del mercado —Cybill Shepherd aparecía, no hay que olvidarlo, implicada en una campaña política—, Nightcrawler construye una imagen de nuestra década vacía de toda ética y saturada de intereses económicos, manipulación política y redefinición de la propia subjetividad para responder a las necesidades de unos y otra. Carl Neville ha señalado en Classless. Recent Essays on British Films (Zero Books) que Shallow Grave era una fábula moral no sobre el poder destructor del dinero, sino sobre lo listo y carente de escrúpulos que hay que ser para hacerse rico. Algo parecido podríamos decir de Nightcrawler. Sin embargo, despojado de todo elemento noir y encapsulado en una puesta en escena fría, el relato produce aquí un espacio para distanciarse de su mundo moral y evaluarlo. Algo que, por otra parte, revela mayor inteligencia cinematográfica que interés político a estás alturas del mundo que trata de reflejar.

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2 thoughts on “Accidente de carretera: “Nightcrawler” (Dan Gilroy, 2014)

  1. Es difícil saber qué es lo que está en una película y qué es lo que uno llevaba puesto en la cabeza al ir a verla. Claro, luego al escribir se tiene la esperanza de que ambas cosas coincidad lo suficiente para que las dos parezcan interesantes.

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